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Mayo 2008
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Publicado: 02/05/2008


 

EL MÓNSTRUO DE AMSTETTEN


A mi me parece que lo más grave de los crímenes son sus consecuencias mediatas; lo peor no es el muerto ni el acuchillado sino lo que ese muerto o ese herido enseñan a los ocasionales testigos. Eso lo saben muy bien los estrategas del terror. Lo importante es que nadie se sienta relajado, que nadie esté tranquilo, que todos convivan con el miedo.

Por eso me he planteado muchas veces, contrariando mi primer impulso de comunicador, si es aconsejable ventilar los crímenes. Aunque lo malo es que establecido el precedente, se podría cuestionar la libertad de informar y eso quebrantaría la Democracia. Es una grave disyuntiva porque me parece que el conocimiento de la maldad, que es contagiosa, nos hace peores.

Me sugiere esta reflexión la historia aterradora de ese infame estuprador incestuoso, padre de siete hijos, que escondió a una de las muchachas en el sótano y ha tenido con ella otros siete más en los últimos veinticuatro años de secuestro, dentro de un bunker sin luz natural, cerrado con una puerta blindada de cemento y accesible solo con una combinación que nadie conocía. Claro que, según parece, nadie en Amstetten --Austria, 25.000 habitantes-- conocía tampoco lo que sucedía bajo los árboles y el césped del plácido jardín. Algo más diabólico, cruel, truculento e inverosímil que un relato de terror ha estado sucediendo en una “tranquila población donde nunca pasa nada”, tal vez porque no ha habido nadie que haya detectado las cosas sorprendentes que han debido de ocurrir necesariamente a lo largo de los veinticinco años de cautiverio de esta muchachita de dieciocho entonces --”díscola” según su padre-- que ha cumplido los cuarenta y tres en su calabozo y parido siete hijos de su padre y violador. Algo anormal, algo excepcional, algo inusual, algo incluso sospechoso --sospechoso no se sabe de qué--, ha tenido que ocurrir en cuarenta y tres años –15.695 días, hora por hora-- que alertase al vecindario más aletargado que cupiese imaginar en una población, aunque pasasen hasta cosas mas llamativas de las que acontecían normalmente en Amstetten.

Una adolescente que desaparece; que envía cartas periódicamente desde un paradero desconocido; que deja en la puerta de sus padres a tres niños para que se hagan cargo de ellos (Lisa, hoy de 16 años, Mónika de 14 y Alexander de 12), con lo que su paradero no debía ser tan arcano y remoto, ni tan difícil de rastrear, en vista de las sucesivas obras de ampliación del subterráneo; de la compra de material, de medicinas y de alimentos para cuatro personas, la hija secuestrada, Elizabeth, de 43 años ya, y sus hijos Kerstin de 21, Stephan de 18, y Félix de cinco. Pero nadie buscó a Elizabeth Fritzl. Ni la encuentró por descontado.

Parece poco creíble que Josef Fritzl, un jubilado de 73 años, pudiera cargar con una doble vida y trece hijos --dos universos paralelos asentados en las plantas superiores y en el siniestro sótano de 60 metros bajo el jardín, en el mismo edificio--, sin la complicidad de alguien, y sin conocimiento de su esposa Rosemarie quien, según testimonio de su propia hermana –quien se ha sincerado sólo porque sabe que está ya detenido-- ha vivido aterrorizada durante sus cincuenta años de matrimonio.

Nadie puede medir ni ponderar el terror que este monstruo ha generado entre los que ha condenado a no vivir.

Darío Vidal

02/05/2008

 

       El monstruo de Amstetten (02/05/2008 20:47)


 

EL MÓNSTRUO DE AMSTETTEN


A mi me parece que lo más grave de los crímenes son sus consecuencias mediatas; lo peor no es el muerto ni el acuchillado sino lo que ese muerto o ese herido enseñan a los ocasionales testigos. Eso lo saben muy bien los estrategas del terror. Lo importante es que nadie se sienta relajado, que nadie esté tranquilo, que todos convivan con el miedo.

Por eso me he planteado muchas veces, contrariando mi primer impulso de comunicador, si es aconsejable ventilar los crímenes. Aunque lo malo es que establecido el precedente, se podría cuestionar la libertad de informar y eso quebrantaría la Democracia. Es una grave disyuntiva porque me parece que el conocimiento de la maldad, que es contagiosa, nos hace peores.

Me sugiere esta reflexión la historia aterradora de ese infame estuprador incestuoso, padre de siete hijos, que escondió a una de las muchachas en el sótano y ha tenido con ella otros siete más en los últimos veinticuatro años de secuestro, dentro de un bunker sin luz natural, cerrado con una puerta blindada de cemento y accesible solo con una combinación que nadie conocía. Claro que, según parece, nadie en Amstetten --Austria, 25.000 habitantes-- conocía tampoco lo que sucedía bajo los árboles y el césped del plácido jardín. Algo más diabólico, cruel, truculento e inverosímil que un relato de terror ha estado sucediendo en una “tranquila población donde nunca pasa nada”, tal vez porque no ha habido nadie que haya detectado las cosas sorprendentes que han debido de ocurrir necesariamente a lo largo de los veinticinco años de cautiverio de esta muchachita de dieciocho entonces --”díscola” según su padre-- que ha cumplido los cuarenta y tres en su calabozo y parido siete hijos de su padre y violador. Algo anormal, algo excepcional, algo inusual, algo incluso sospechoso --sospechoso no se sabe de qué--, ha tenido que ocurrir en cuarenta y tres años –15.695 días, hora por hora-- que alertase al vecindario más aletargado que cupiese imaginar en una población, aunque pasasen hasta cosas mas llamativas de las que acontecían normalmente en Amstetten.

Una adolescente que desaparece; que envía cartas periódicamente desde un paradero desconocido; que deja en la puerta de sus padres a tres niños para que se hagan cargo de ellos (Lisa, hoy de 16 años, Mónika de 14 y Alexander de 12), con lo que su paradero no debía ser tan arcano y remoto, ni tan difícil de rastrear, en vista de las sucesivas obras de ampliación del subterráneo; de la compra de material, de medicinas y de alimentos para cuatro personas, la hija secuestrada, Elizabeth, de 43 años ya, y sus hijos Kerstin de 21, Stephan de 18, y Félix de cinco. Pero nadie buscó a Elizabeth Fritzl. Ni la encuentró por descontado.

Parece poco creíble que Josef Fritzl, un jubilado de 73 años, pudiera cargar con una doble vida y trece hijos --dos universos paralelos asentados en las plantas superiores y en el siniestro sótano de 60 metros bajo el jardín, en el mismo edificio--, sin la complicidad de alguien, y sin conocimiento de su esposa Rosemarie quien, según testimonio de su propia hermana –quien se ha sincerado sólo porque sabe que está ya detenido-- ha vivido aterrorizada durante sus cincuenta años de matrimonio.

Nadie puede medir ni ponderar el terror que este monstruo ha generado entre los que ha condenado a no vivir.

Darío Vidal

02/05/2008

 

       Los enigmas de Amstetten (02/05/2008 20:33)


Publicado: 02/01/2008


 

INMIGRANTES O INVASORES


Hemos saltado la barrera del año. Estamos ya en 2008. Feliz año nuevo. Pese a que nuestros políticos prefieren apoyar a las desvalidas compañías de suministro de agua, de fluido eléctrico, de servicios telefónicos y de gas sin apenas beneficios que a sus usuarios, por aquello de que si no puedan pagar lujos, que no los contraten. Y lo mismo puede decirse de los jubilados a los que el incremento de pensiones servirá apenas para pagar a las malas Compañías. De modo, que lo comido por lo servido.

Pero ese vaivén del “si” pero “no” a que nos tiene acostumbrados ZP, nos remite, entre otras, a la Ley anti-tabaco que interpretan las comunidades autónomas según su capricho y cada establecimiento a su voluntad siguiendo el talante desentendido y ecléctico del Presidente, que evita comprometerse incluso en asuntos de Estado. Otros países vecinos menos demócratas que nosotros van a aplicar este año la misma ley con criterio casi siempre restrictivo, y obligarán a cumplirla a todo el mundo.

Lo mismo que con la demagogia de la inmigración. No somos racistas y eso los saben muy bien los recién llegados. Y claro que estamos de acuerdo en que vengan a nuestro país los que lo deseen para ampliar sus opciones, pero no porque no tengan otra alternativa. Del mismo modo que nosotros nos instalamos en otras latitudes porque el mundo es de todos pero no para escapar de una ratonera o inscribirse en una “franquicia” criminal.

Por otra parte las migraciones masivas, aunque no tengan un carácter de invasión militar son un factor de inestabilidad y de alienación de la comunidad receptora al margen de sus sentimientos piadosos. Aunque otra cosa son las asociaciones de recién llegados, con entidad jurídica. Los inmigrantes lo son como individuos singulares, pero no como colectivos. Enfrentar grupos foráneos a la comunidad receptora constituye una intrusión “tumoral” en el cuerpo social. Quiere esto decir que si cualquier inmigrante tiene derecho a asociarse como otro cualquier ciudadano a un partido, a una sociedad, una entidad o un club, no es razonable que lo haga como nacional de otro país en tanto que tal. No puede convertirse en un grupo de presión ajeno a las intereses generales del país receptor, en cuanto tal. Este fenómeno crea inevitablemente el enfrentamiento. Porque el que se pertrecha contra la sociedad receptora como ante algo hostil y no acata las normas vigentes como individuo, rechaza comportarse como ciudadano para adquirir un poder marginal como miembro de una “secta”.

Y en cuanto a los países islámicos, prueben a solicitar la construcción de una iglesia o busquen para sus hijos un colegio religioso o sencillamente cristiano y ya me darán la respuesta. El rasero de medir tiene capacidades muy distintas –o ninguna-- para las intolerantes sociedades musulmanas. No hablo ya de las muestras externas de piedad como llevar un crucifijo pendiente de una cadena, porque lo consideran una provocación aunque sean ellos los que se han trasladado a un país culturalmente cristiano sin que nadie lo demandase. Para poner freno a la incultura, la cerrilidad, la intolerancia y la prepotencia de los forasteros integristas, hay que controlar la entrada de extranjeros. No es preciso que nos remontemos a fechas luctuosas que todos tenemos presentes.

Darío Vidal

02/01/2008

 

       Inmigrantes o invasores (02/01/2008 19:33)