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IGUALDAD DISCRIMINADA
Mi querida doña Bibiana: es usted una mina. He leído con alguna calma las declaraciones que hizo en el “Congreso de los Diputados y las Diputadas” y promete depararnos hilarantes jornadas de esparcimiento y holgorio en competencia con su coterránea doña Magdalena Álvarez, que en relación con los problemas es como la miel para las moscas: que se quedan “presos de patas en ella” sin poder desembarazarse de ninguno. Solo que ella está aquerenciada y ha desarrollado sentido, tiene más trapío y posee una imagen más bronca y voz de caporal, en tanto que usted es como una gacela Thomson inquieta y juguetona, que pasaba por ahí al azar, y a la que Chaves ha querido gratificar incorporándola al grupo de “el cupo”. El caso es que entre una y otra van a hacer las delicias, por lo menos, de los periodistas parlamentarios. No desearía dedicarme a sus ocurrencias de manera monográfica como llevo camino de hacer, ni escribirle una suerte de contra-blog, peri-blog o para-blog, porque usted ya lo hace muy bien. Pero es que Su Señoría (o Su Señorío) resulta irresistible y no va a ser fácil sustraerse a la provocación. La primera cuestión que habría de plantearse –y no es un desaguisado que deba atribuírsele a usted aunque se lo encuentre ahí-- es si es justo, ecuánime, igualitario, democrático y lo que es más grave, constitucional, que la pena que grava una culpa sea distinta para un moro o un cristiano, un negro o un blanco, un homosexual o un heterosexual, un español o un comunitario, un europeo o un asiático. ¿Qué me responde? Porque lo mismo puede decirse si el criterio punitivo se funda en el sexo. El que delinque, sea quien sea, ha de ser reprimido según su culpa. Así de sencillo. Sus santas compañeras mártires responden que los machos son más proclives a las actitudes violentas. Pues muy bien: en el pecado llevarán la penitencia. Y si reinciden, con recargo. No es de recibo la tesis de algunos que confunden la Democracia con el tocino, según la cual una vez purgado el delito, pelillos a la mar. No. El penado debe quedar limpio por completo si se rehabilita; pero si reincide deben pesar sobre él los antecedentes como una losa. Así es que si los delincuentes de género repiten, leña al mono, con el agravante de reincidencia. Pero que un mismo hecho sea tipificado como “falta” si lo comete una mujer y como “delito” si lo comete un varón, en virtud de una llamada “discriminación positiva” es algo que daría risa si no fuese asunto tan serio. Eso, Señoría (o Señorío) es algo que no lo suscribirían ni en Zululandia. Por eso ha sido el hazmerreír en los ámbitos jurídicos del Continente, y abunda en el prejuicio machista de que las mujeres carecen de sentido de la Justicia, de la equidad y la sindéresis. Y ha sumido en el ridículo y el descrédito a la Sección Femenina zapatera. Flaco servicio a la acusa. Pero vayamos a lo que usted ha dicho. Se propone desarrollar hasta las últimas consecuencias la Ley contra la Violencia de Género, impulsar la Ley de Igualdad, e iniciar la redacción de la Ley Integral de Igualdad de Trato, para erradicar la discriminación por causa de las discapacidades, de la edad, la raza, la religión o el sexo. ¡Ahí te quiero, escopeta! La señora Aído está abocada a la esquizofrenia si no suprime la idea de “discriminación positiva” --para otros, negativa-- de la primera de ellas, para hacerla compatible con la lógica, la equidad y la Constitución. Mal rollo, piba. Darío Vidal 13/06/2008 |
Igualdad discriminada (13/06/2008 00:49)
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LACTANCIA MATERNA
Los hallazgos científicos están yendo más deprisa que la fantasía de los profanos. Ahora nos acaban de decir que la leche materna, de cuyas excelencias nunca dudamos aunque algunos fabricantes pícaros, embusteros y embrollones dicen que su leche “maternizada” la mejora, digo que la leche de la madre es el mejor alimento de los bebés, no solo por sus propiedades nutritivas e inmunológicas sino porque favorece la inteligencia del niño. Lo único que sabíamos hasta ahora es que el íntimo contacto corporal de madre e hijo, las caricias, los besos y las palabras susurradas, robustecían la personalidad del infante, alentaban su autoestima, despertaban su curiosidad y le hacían más receptivo a los estímulos exteriores como sucede con todos los seres seguros de sí. Y aunque es verdad que la leche materna debe estar desvirtuada por los alimentos adulterados, los transgénicos, los conservantes, los colorantes, los antioxidantes y otros aditivos, además de por la inseguridad laboral, el estrés y la apelación constante de las instancias exteriores que nos nos permiten vivir ya al ritmo de la vida y ver crecer a los niños, observar el cambio sutil de las estaciones y percibir el deslizarse del tiempo, pienso que la propia madre tiene instintivamente los recursos para minimizar el impacto de esas agresiones y “traducirlas” al talante de su hijo. Lo difícil de creer es que esa leche de vaca, ya “entera” o descremada, desnatada, en polvo, convertida en mantequilla, requesón, quesos, yugures y otros lacticinios, dé para producir leche humana “maternizada” superior a la original. No digo que ese producto industrial sea peor que su carencia, aunque se sabe que algunos lactantes vomitan la que no es humana. Y no negaré que sea meritoria la producción de ese sucedáneo, si sirve para preservar vidas, pero los países escandinavos hace años que no admiten los productos de una marca determinada que exportaba gratuitamente leche para los neonatos de países tercermundistas, para comenzar a vendérsela cuando a las madres se les había retirado. El negocio redondo de los altruístas. No sean aprensivos por favor, pero si tienen ocasión de beber la cremosa leche recién ordeñada con que fabrican ese producto, ya no beben tampoco un producto puro. La hierba que han pacido las vacas está plagada de herbicidas y pesticidas. Si los animales están estabulados y se alimentan de forrajes almacenados, a los piensos compuestos les han añadido –y ahora está tolerado-- harina de pescado, una dieta que nunca se le pasaría por la cabeza a un herbívoro sensato. Y no hablemos ya de los residuos del matadero capaces de desorientar a un vegetariano cuyo aparato digestivo no esta adecuado para que los rumiantes se comporten como carnívoros. No es de extrañar que contraigan la encefalopatía espongiforme bovina; lo raro es que no tengan que acudir también al psiquiatra. Hasta ahora los chicos tenían buena o mala leche, pero al menos era leche humana. Ahora acaban de decirnos que los niños chupan la inteligencia de los senos maternos y que la lactancia prolongada afecta al almacén de las ideas. Quién sabe qué podemos esperar de chicos criados con leche vacuna como desde los años cuarenta hasta aquí. No puede extrañar que las vacas se vuelvan locas y los niños se vuelvan vacas. Darío Vidal 13/05/2008 |
Lactancia materna (13/05/2008 23:17)