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Publicado: 05/12/2008


 

Y EL VIVO, AL BOLLO


La partida de tute con que los de la cuadrilla de Ignacio Uría celebrarón su muerte es algo que hiela la sangre, no solo por la aparente frialdad de su amistad sino por lo que esa expresada indiferencia denota. Tengo la absoluta certeza de que si el industrial hubiese muerto en el hospital con un cáncer, o súbitamente aplastado en la carretera con su VW “Touareg”, lo habrían arropado, se habrían turnado en su cabecera y no lo habrían dejado solo ni a sol ni a sombra.

Los primeros que se han mostrado perplejos ante la foto de los amigos de Uría dando las cartas impertérritos, mientras un mirón le sustituía en el tapete para iniciar el juego cuando permanecía todavía en el suelo desangrándose, han sido unos amigos donostiarras residentes aquí, que no aciertan a explicarse nada. Yo tampoco y he pasado algunas horas obsesionado por ese comportamiento. Porque no es preciso ser muy solidario ni demasiado impresionable para no dejarse conmover por la muerte de un conocido, un compañero de sobremesa, un contertulio o un amigo. Estoy dando en pensar que los compañeros de partida han reprimido cobardemente sus sentimientos porque esta muerte está teñida por el estigma de la culpa: “algo habrá hecho cuando la Eta lo ha condenado”. Una justificación que produce escalofríos pero que aún funciona en el Norte y se sobrepone al conocimiento íntimo que los amigos tengan de una persona: si la organización lo mata es porque sabrá algo mas que nosotros.

Un vizcaíno conocido mío me decía hace años que las mujeres son tan raras que él no opina de política ni con la suya. “Ni con la gente de la peña de toda la vida”,-- añadió un tercero que, por supuesto, no descubrió tampoco su juego. Después hemos conocido la historia –lamento no recordar los nombres-- de aquel que mató a la persona que cuando niño le había sacado de entre las ruedas de un camión, y hemos sabido de hijos que han actuado como espías en casa pasando información de sus padres a la banda. Aunque esto, como es lógico, suele silenciarse. Tampoco descubre nadie qué sería de Euskadi independizada. Nadie se atreve aunque no es preciso ser experto en prospectiva para avanzar un pronóstico. Eta acabaría con sus vástagos, terminaría luego con el PNV a cuyos miembros califican como “corderos”, y la lucha por el poder en sus filas diezmaría de militantes las distintas sensibilidades e instauraría el imperio de la arbitrariedad. Pero esta es otra cosa; es sólo la parábola de un imposible. Otros ya han aprendido que no es posible hacer un hogar para todos, una sociedad justa y una comunidad fraterna tomando como base el acecho, la delación, el odio, la persecución y el terror.

Los contertulios de “Inasio” tal vez lloren su muerte y deploren su suerte y su ausencia, en la intimidad más recóndita, para sus adentros, y sin dar parte a sus mujeres y menos a sus hijos, pero probablemente no se atrevieron a mostrar su dolor ni a expresar su repulsa hacia los asesinos del hombre que se desangraba en la calle, sin que ninguno de ellos le prestase la mano para que se asiese mientras agonizaba, por puro miedo.

La peor herencia del terrorismo es que desalma.

Darío Vidal

04/12/2008

 

       Y el vivo, al bollo (05/12/2008 19:55)