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Publicado: 06/10/2008


 

LA VACUNA


Ya se ha iniciado la campaña. La televisión, la Seguridad Social y el médico de cabecera nos instan a la vacunación. Nuestra salud se halla en peligro y este invierno “la gripe va a venir sobremanera virulenta”. Como siempre, como todos los años.

Hace unos otoños estaba especialmente aprensivo tal vez porque me había afectado cierta desgracia familiar y decidí vacunarme. Maldita la hora: me inocularon el virus con toda la dedicación y contundencia de los creyentes y desfilaron por mi lecho todos los síntomas y molestias de la gripe sin faltar ninguna, desde el dolor de cabeza, el entumecimiento de huesos y la fiebre, hasta la rinitis, el escozor de ojos y la fotofobia, para desembocar en la bronquitis y el destalabarte general. Y en el ínterin tomé verdaderas tortillas de pastillas, océanos de oleosos jarabes, y, desde luego, no se cuantas clases de antibióticos que, como todo el mundo sabe, no son efectivos contra los virus. Pero no importa: había que ponerse antes la venda que la herida por si se producía una infección. No se produjo, al parecer, pero terminé acaso más maltrecho que si me hubiese invadido una división acorazada de bacterias.

Cuando lamenté compungido mi mal estado al médico, me consoló: “Pues imagínese como estaría si no le hubiésemos vacunado”. Me callé porque estaba en sus manos. Pero me entraron muchas ganas de gritar que sin aquella suerte de suicidio controlado que es la vacuna habría pasado el invierno como todos los otros, fresco como una lechuga y sin gastar un duro en botica.

Pasaron unos años y otra virulenta campaña sanitaria, mas intensa que que la morbilidad de los virus que nos amenazaban, esta vez apoyada por algunos familiares que temían por mi salud, me llevaron a la lanceta del sanitario y al lecho días después. Es verdad que esta vez solo por darles gusto y con la secreta esperanza de que no ocurriese nada. Pero ocurrió y me di a los demonios con contundencia, por hacer buena la máxima aquella de ser el hombre el único bruto que tropieza dos veces en la misma piedra.

Pero tampoco soy un apóstol. No hago proselitismo. Cada ser vivo es, o ha de ser libre, para equivocarse por su cuenta y riesgo. Únicamente he decidido por mi cuenta, como si se tratase de mi, con dos personas mayores que les salvé la vida varios inviernos, hasta que el Cielo se las llevó sin fiebre, sin bronquitis y sin aspavientos.

Las vacunas son un misterio como el de la Trinidad, aunque no es preciso excederse en ciencia ni en sabiduría para penetrarlo. No tienen la culpa los médicos ni los boticarios en este caso, sino la poderosa, maloliente y humeante industria farmacéutica que no pone en producción algunas de sus fórmulas para que se produzca mas demanda, y no accede a poner al alcance de los enfermos del Tercer Mundo los “retrovirales” que les curarían del SIDA. Y así mantienen el precio del producto, caiga quien caiga.

Ellos aconsejan la vacunación. Pero advierten cínicamente de que cada invierno mutan las cepas, de modo que los agentes patógenos son distintos cada año. ¿De qué sirve entonces inocularse al virus?

Darío Vidal

07/10/2008

 

       La vacuna (06/10/2008 19:17)