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Publicado: 03/09/2008


 

ESPAÑA HUELE A CEBOLLA


Cuando el verano moroso se empereza y el calor nos permite ya percibir otras sensaciones, puede detectarse el aroma del aire. Y el observador menos atento puede descubrir que las calles de nuestros pueblos y los zaguanes de las honestas casas de comidas no huelen a la contundente “fritanga” con acento de mil cosas que detestaban los “guiris” ignorantes –torreznos, pisto, costillitas, empanadillas, fritadas, firigolla, roscones de sartén o sartenada de mondongo-- sino que atufan a cebolla insípida, dulzona, saciante y poderosa, a la cebolla hervida de hospicios, internados y cuartelas de los años del hambre; a aquel condimento para no comer que nos hacía temer ir al internado con que nos amenazaban por no estudiar o hacer novillos.

Era la triste cebolla de Miguel Hernández que aparecía cuando la incuria administrativa y culinaria de los hospitales o el Auxilio Social no hacía por enmascarar la pobreza de recursos de los hogares, como aquellas abnegadas amas de casa que porfiaban, peleaban y discurrían para obsequiar a los suyos con aromas y sabores que hicieran parecer distintos los reiterados alimentos del Racionamiento de cada día.

El aire de España huele a mugre, a miseria y a pobreza, que es el hedor detestable de los “fast-food” en otro tiempo patrimonio de internados, hospicios y cuarteles, establecimientos en que no se cocinaba para el deleite de los comensales sino para remediar la hambruna del personal. Y por lo visto, la manera más eficaz, económica y satisfactoria de saciar el apetito es administrar a los comensales cebolla cocida a pasto, ese honesto bulbo jugoso, salutífero, desinfectante renal y diurético, pero insufrible si no se administra con tino. Este es el presente ultramarino con que nos obsequian los “cow-boys”, junto al inefable “ketchup” y las palomitas de maíz que por fortuna casi no huelen. El aire de España huele, desde hace unos años, al cuarto del cerdo, la zahurda o “la corte” --como decía en Aragón algún republicano recalcitrante-- en que mi abuela y sus asistentas colocaba todos los días el “gazpacho” --con perdón del delicioso y sabio gazpacho del Sur-- que cocinaban con patatas cocidas, panizo, frutas pasadas de sazón, mondas, peladuras o “pelarzas” de todo lo mondable y cebollas, muchas cebollas, cuyo aroma plebeyo y ramplón se imponía a todos los demás

Así como el aire de las calles del norte de África sabe y huele a espacias aperitivas y fragantes, el del sur de Francia a hierba segada y vino del año, y España a paja, fruta y trigo, ahora lo impregna todo la fetidez indisimulada y obscena de la cebolla hervida, humeante y fecal, que es la que le cuadra a la comida basura. Ni los figones menos exigentes de antaño se hubiesen atrevido a tan provocadora y disuasora invitación a la huida. Pero en el arrabal de la prosperidad insultante, cuando la recesión amenaza con poner fin al sueño utópico del progreso sostenible, nos orientamos para hallar lugar donde comer, por el olor infame, ordinario y detestable de la triste cebolla hervida, si acaso con un ligero aroma de rojo “achiote” maya oxidado del que usan los “indios coloraos” para teñirse, y que ahora invade con su agrio eructo, para gozo de todos, hogares, calles, restaurantes y avenidas.

Darío Vidal

03/09/2008



 

       Espaņa huele a cebolla (03/09/2008 19:44)