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Publicado: 06/06/2008


 

RAJOY PIERDE EL TREN


Parafraseando la célebre aporía sobre la genialidad del genio, cabría preguntarse si el tirano nace o se hace, lo mismo que si la cercanía del poder cambia a los dirigentes aún antes de alcanzarlo. Parece mentira pero desde la noche del triunfo de Zapatero en que vimos a un Rajoy vencido pero entero y digno, a la fecha de hoy, la imagen del lider del PP se ha deteriorado hasta casi la consunción.

Después de su primer arranque de dignidad, lo primero fue lo de agarrarse a su cargo argumentando repetidamente que lo hacía por la insistencia de los militantes; después aquello de manifestar que si los otros presentaban sus candidaturas por qué no lo iba a hacer él también; mas tarde sugiriendo que la interposición de otros liderazgos supondría la desmembración del partido; después pidiendo a sus próximos que no hablaran ni respondiesen a los políticos y los medios cuando les preguntaran por María San Gil y Ortega Lara, al tiempo que dejaba desgastarse a Esperanza Aguirre y Ruiz Gallardón-- que parece dispuesto a premiar después de genuflexo sentándolo a su diestra --como si él únicamente pasase al azar por allí, mientras sacaba a pasear el cuerpo incorrupto de Manuel Fraga del baúl en que estaba arrumbado.

El caso es que, en poco más de dos meses, ha recorrido a los ojos de sus votantes el camino que media entre ser un ídolo o un villano. Y la gente que creía en su recto discernimiento y suponía que no perdería nunca el aplomo y el decoro al husmo de un plato de lentejas, como les ha ocurrido a otros, han descubierto, para su frustración, que no trataba de “aggiornarse” para la nueva y durísima travesía del desierto que puede conducir, o no, a la Moncloa, adoptando una nueva estrategia, sino que estaba dispuesto incluso a mudarse de ideología.

Está visto que le preocupa tanto no perder el tren --que tal vez ya no existe--, que ha soltado las manos del timón para que lo empuñen quienes quieran, y gobiernen el partido los segundones y los advenedizos, para poder dedicarse enteramente a cosechar avales y garantizarse el voto en el próximo congreso, sin preocuparse de la sangría de militantes que devuelven el carnet ni el abandono de algunos de los individuos más singulares, luchadores y carismáticos, tal que algunos miembros de la directiva que han puesto su vida al servicio del PP --como otros vascos ejemplares la pusieron en su día al del PSOE--, sufriendo vejaciones, amenazas, y riesgo cierto de la vida, hasta tener que prescindir de la intimidad compartiendo la existencia con los escoltas.

Pero Madrid, que gira en una órbita olímpica muy por encima del suelo que pisan los humanos, se ocupa de otras cuestiones de mayor fuste y enjundia, como la maniobra, la intriga, y la emboscada, de modo que carece de tiempo para alimentar esos temores de provincianos consistentes en mirar debajo del coche antes de abordarlo, negarse a abrir la correspondencia y evitar salir de casa si un escolta tiene la gripe.

Mientras media España se siente postergada, el que se postula para jefe de un partido y tal vez para presidente de la nación, ha abandonado la política para refugiarse en la intriga interior. Rajoy ha perdido el tren.

Darío Vidal

05/06/2008

 

       Y Rajoy perdió el tren (06/06/2008 01:07)


 

RAJOY PIERDE EL TREN


Parafraseando la célebre aporía sobre la genialidad del genio, cabría preguntarse si el tirano nace o se hace, lo mismo que si la cercanía del poder cambia a los dirigentes aún antes de alcanzarlo. Parece mentira pero desde la noche del triunfo de Zapatero en que vimos a un Rajoy vencido pero entero y digno, a la fecha de hoy, la imagen del lider del PP se ha deteriorado hasta casi la consunción.

Después de su primer arranque de dignidad, lo primero fue lo de agarrarse a su cargo argumentando repetidamente que lo hacía por la insistencia de los militantes; después aquello de manifestar que si los otros presentaban sus candidaturas por qué no lo iba a hacer él también; mas tarde sugiriendo que la interposición de otros liderazgos supondría la desmembración del partido; después pidiendo a sus próximos que no hablaran ni respondiesen a los políticos y los medios cuando les preguntaran por María San Gil y Ortega Lara, al tiempo que dejaba desgastarse a Esperanza Aguirre y Ruiz Gallardón ?al que parece dispuesto a premiar después de genuflexo sentándolo a su diestra --como si él únicamente pasase al azar por allí, mientras sacaba a pasear el cuerpo incorrupto de Manuel Fraga del baúl en que estaba arrumbado.

El caso es que, en poco más de dos meses, ha recorrido a los ojos de sus votantes el camino que media entre ser ídolo o villano. Y la gente que creía en su recto discernimiento y suponía que no perdería nunca el aplomo y el decoro al olor de un plato de lentejas, como les ha ocurrido a otros, han descubierto, para su frustración, que no trataba de ?aggiornarse? para la nueva y durísima travesía del desierto que puede conducir, o no, a la Moncloa, adoptando una nueva estrategia, sino que estaba dispuesto incluso a mudarse de ideología.

Está visto que le preocupa tanto no perder el tren --que tal vez ya no existe--, que ha soltado las manos del timón para que lo empuñen quienes quieran, y gobiernen el partido los segundones y los advenedizos, para poder dedicarse enteramente a cosechar avales y garantizarse el voto en el próximo congreso, sin preocuparse de la sangría de militantes que devuelven el carnet ni el abandono de algunos de los individuos más singulares, luchadores y carismáticos, tal que algunos miembros de la directiva que han puesto su vida al servicio del PP --como otros vascos ejemplares la pusieron en su día al del PSOE--, sufriendo vejaciones, amenazas, y riesgo cierto de la vida, hasta tener que prescindir de la intimidad compartiendo la existencia con los escoltas.

Pero Madrid, que gira en una órbita olímpica muy por encima del suelo que pisan los humanos, se ocupa de otras cuestiones de mayor fuste y enjundia, como la maniobra, la intriga, y la emboscada, de modo que carece de tiempo para alimentar esos temores de provincianos consistentes en mirar debajo del coche antes de abordarlo, negarse a abrir la correspondencia y evitar salir de casa si un escolta tiene la gripe.

Mientras media España se siente postergada, el que se postula para jefe de un partido y tal vez para presidente de la nación, ha abandonado la política para refugiarse en la intriga interior. Rajoy ha perdido el tren.

Darío Vidal

05/06/2008

 

       Rajoy pierde el tren (06/06/2008 00:43)