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Publicado: 31/05/2008


 

VUELTA AL PASADO


Nos parecía estar a mil años luz del tiempo de nuestros abuelos, o de los bisabuelos en el caso de los más jóvenes de la generación, y las circunstancias nos han devuelto, como quien dice, a la época de las candilejas y las velas de cera o de sebo. A las de navegar tornamos poco a poco, experimentando con energía solar para mover eléctricamente las drizas, las escotas, los chigres y los molinetes de los barcos mercantes de gran porte, aunque se opongan a ello las compañías petroleras dispuestas a asfixiarnos. Cosa que no lograrán aunque la crisis nos haga sacar la lengua, porque los europeos nos crecemos con cada envite como los niños después de tres días con fiebre.

En nuestro caso lo tenemos peor porque las compañías eléctricas que nos parasitan, nos asfixian, nos irradian o nos envenenan, están dando nuevas muestras de solidaridad aprovechando la coyuntura para elevar las tarifas proceda de donde proceda la energía. Aunque esas prácticas imperialistas del monopolio no ha sido capaz de sacudírselas el Viejo Continente en la vida.

Un amigo mío decía en plena Guerra Fría que él no temía “la dictadura del proletariado” sino “el imperio del funcionariado” . Y tenía buena razón para sus temores porque lidiaba constantemente con los empleados del Estado, su prepotencia atávica y su pereza congénita, que salvo excepciones, --que las hay y los acercan a la santidad-- es el caldo de cultivo en que crecen, prosperan y se multiplican.

Pero dense cuenta si no estamos regresando al pasado. Ellos para pasar con sus carruajes sin ser molestados habían de pagar “portazgo· para franquear las murallas de las ciudades y “pontazgo” para cruzar los puentes. Y eso que, hasta hace poco, nos parecía un vestigio arqueológico se ha reimplantado con las “zonas azules”, la prohibición de circular por el centro urbano sin pagar una tasa especial, y, antes de todo ello, los “peajes”. Nos llenamos la boca enunciando los Derechos Humanos y hacemos que nuestros niños los aprendan en el colegio, pero convivimos con esclavos que trabajan por menos que nosotros, con o sin papeles, captados de grado en el continente del que antes los tomábamos por fuerza, pero en vez de traerlos en bergantines negreros llegan ahora gratuitamente en cayucos. Después de muchos siglos de ahorrar el agua que nos traía en las acémilas el aguador, conseguimos que nos llegara a casa a través de tuberías –un suceso que contemplan aún como un milagro nuestros niños saharauis, de los que habremos de hablar un día--, pero entonces comenzamos a gastarla a manos llenas y a ensuciarla hasta que hemos tenido que hacer de aguadores nosotros transportándola en botellas y garrafas.

Debemos reconocer que a la población urbana de nuestro tiempo le ha tenido sin cuidado el precio de los forrajes. Pero la reciente investigación con biocombustibles para sustituir el petróleo –cosa que puede conseguirse por muy poco precio con la energía que libera el hidrógeno libre-- esta elevando por la nubes sus precios y el de los cereales, encareciendo también la leche y el pan. Hemos retrocedido menos en la mar, porque el cine nos ha traído la memoria de la piratería en el XVIII y el XIX. Pero no podemos confiar en un crucero de recreo por según que mares, si no somos de ánimo fuerte, porque los piratas pueden vendernos como esclavos. Si no se es dueño de la Razón, las razones no pueden imponerse por la fuerza.

Darío Vidal

31/05/2008

 

       Vuelta al pasado (31/05/2008 18:51)