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Publicado: 28/02/2008


 

LICOR DE FUEGO


Conocía yo a un maestro de primaria. Un persona ecuánime, justa, cabal y amable, al que adoraban sus niños que le llamaban reverencialmente Don Antonio. Caminaba entre una nube bullente y alborozada de chiquillos que brincaban a su alrededor sin dejar nunca de “dar clase” porque explicaba lo que ignoraban, les preguntaba lo que no habían entendido, se interesaba por las aficiones de cada cual y las fomentaba, orientaba profesionalmente a los muchachos y a sus padres, mediaba incluso en los conflictos familiares. Los padres lo reputaban como un verdadero apóstol y posibilitó que muchos de sus alumnos, que hubiesen abandonado la escuela en algún momento, hayan cursado carreras universitarias o se hayan iniciado en profesiones lucrativas. Don Antonio los apartó del ocio y la litrona y dotó de sentido a sus vidas.

Pues bien, aquel hombre apacible, ponderado, sosegado y amabilísimo, felizmente casado y padre de cinco hijos, se transformaba en las campañas electorales. No se trata de una parabola. Y el nombre que le doy no encubre el suyo propio. Quienes lo conocen lo saben. Don Antonio, que era fervoroso militante de un partido, se volvía entonces receloso, intemperante y agresivo, y no dudaba en reventar mítines ni en arrancar carteles de los competidores, ante la perplejidad sobre todo de sus convecinos rivales.

Un día, cuando el mayor de sus niños terminó la enseñanza media se mudó a una ciudad universitaria y le he perdido el rastro, pero siento hacia él una profunda admiración como docente y como persona, exceptuando esos inexplicables paréntesis cuatrienales. Don Antonio se hallaba aquejado de una suerte de adicción ideológica. La Política es su droga y sus ideas una creencia casi religiosa que le impide asumir las razones del adversario. Comparando la Política con una droga, un día me decía de él un correligionario suyo: “Ya sabes que el licor de fuego enloquece al indio”.

Por eso, en estas fechas, no juzgo con demasiada dureza a los militantes, por mucho que sus comportamientos me sorprendan alguna vez, y disculpo su desvarío y aún su enloquecimiento, si solo es pasajero y coyuntural como el de mi admirado profesor.

En estas fechas, una persona tan sosegada y responsable con Pedro Solbes ha solicitado a los funcionarios de su Departamento que difundiesen argumentarios para contradecir las tesis económicas de sus rivales políticos, poniendo a los funcionarios del Estado al servicio de su partido. Entre tanto un jefe de Prensa de su misma formación, que escribió unas cartas espontáneas y adolescentes para ser difundidas con la firma de afiliados de sus Juventudes, fueron a parar directamente a los medios sin firma y sin pasar por la sede. Y el alcalde de Parla utilizó un coche patrulla de la policía –que es del Estado y por ello de todos-- para dar un mitin a sus partidarios que, como el nombre indica, eran de su partido. Y eso está feo, porque equivale a invitar a título personal para que la ronda la paguemos los demás. Parece que los comicios son capaces de demenciar hasta a los más sensatos: “El licor de fuego enloquece al indio”

Lo inaudito es que dos inmaduros, candidatos de Nuevas Generaciones, hayan tenido que ser expulsados de su partido a estas alturas, porque grababan las salvajadas a que sometían a unos animales, por pura diversión. Y eso ya no es culpa del licor. ¡Jo, qué dirigentes!

Darío Vidal

28/02/2008

 

       Licor de fuego (28/02/2008 19:17)