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Publicado: 26/02/2008


 

DEBATES DE CAMPAÑA


No vamos a referirnos a quien ganó y quien perdió el debate televisivo de ayer, 25 de febrero de 2008, porque, para empezar, es muy difícil determinar en que criterios debe basarse un juicio de esta índole. Aquí no se trata de goles ni de puñetazos en el hígado, la mandíbula o el plexo solar. Un diálogo esta hecho de apreciaciones más sutiles, como los argumentos, la convicción, la fiabilidad, la expresión, el gesto, la entonación, la documentación, el rigor, la elegancia del lenguaje, el juego limpio y miles de matices, los unos muy vagamente objetivos y otros sutilmente subjetivos. Y a cada momento y en cada asunto se altera y modifica la relación de esos ingredientes. Cada ciudadano debe saber quien ha ganado a su juicio: es irrelevante que se lo digan los demás.

Pero es que además hay que contar con la carga de inevitables prejuicios humanos de quienes reciben el mensaje, que traducen la fisonomía, el aliño, la proximidad y la afinidad personal no por criterios racionales sino a impulsos del corazón. Los hombres guapos; los tipos apuestos; los candidatos atractivos y viriles, que inspiran confianza y comunican seguridad, son más votados por las mujeres. Y a ver quien elabora el baremo que permita evaluar la imagen, la empatía, la argumentación, la credibilidad y el razonamiento.

Sin embargo no radica todo ahí: existe otro ingrediente tan poderoso como todos ellos juntos. Se llama afinidad ideológica y, en otro nivel superior de compromiso, la militancia. Átenme esa mosca por el rabo. Porque todos estos componentes pueden reaccionar de modo distinto al ser mezclados, hasta el punto de que, excluyendo a la militancia --que puede confundirse en ocasiones con la paranoia--, hay partidarios capaces de votar a fuerzas afines para castigar al líder propio, cuando no se ha atenido a la ortodoxia y ha traicionado la doctrina.

Estas son las dificultades para realizar una lectura del comportamiento de los electores sometidos a su solo criterio. Ahora hay que añadir la influencia de la interpretación, las manipulaciones y las mentiras de cada partido al hacer sus valoraciones, para captar el voto de los incautos, mediante el debate sobre el debate. A este respecto, algunos dicen que la gente no es tonta y sabe leer entre líneas y otros están convencidos de que somos absolutamente estúpidos, como suponen los políticos. Y puede que todos tengan razón si nos atenemos a las estadísticas. Los candidatos esgrimen razones que con frecuencia nos sonrojan, tal que si fuésemos inválidos intelectuales, y se rebaten los unos a los otros con argumentos tan poco sutiles y tan gordos que parece que no puedan colar. Pero cuelan. Prueba de ello es que con ellos ganan los comicios.

Ayer me quedé hasta la madrugada exprimiendo las últimas noticias y las postreras tertulias, y llegué a la conclusión de que un porcentaje devastador de conciudadanos no se había enterado de nada y que muchos de los contertulios de los “medios” pretendían barrer descaradamente para casa. Es natural que los periodistas tengan su ideología, como los oficiales de Prisiones, los peritos industriales y los jueces. Pero a los primeros y a los últimos no se les debería notar. Claro que como hay emisoras y diarios de explícita obediencia partidaria no tienen por qué disimular. Sin embargo es malo para la Democracia que se nieguen a ejercer mínimamente la objetividad, el análisis desapasionado y la crítica. Y que cada cual saque sus propias conclusiones.

Darío Vidal

26 / 02 / 2008

 

       Debates de campaņa (26/02/2008 19:02)