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Publicado: 16/01/2008


 

EL SUICIDA CONCIENZUDO


Si no fuera trágico daría risa. Resulta que una amante esposa ha descubierto a su cónyuge desnudo y cuidadosamente suicidado en la bañera, con más de sesenta puñaladas. Ella por lo menos así lo denunció. Un suicidio insistente y contumaz. Pero lo más sorprendente es que el señor juez confirmó la hipótesis de la desconsolada esposa

¿Se han clavado alguna vez un alfiler, se han cortado con el cuchillo del jamón, se han hincado en la mano el diabólico puñalito de las ostras? No lo quiero ni recordar. Pues bien, eso mas de sesenta veces. Más de sesenta veces sin morirse, pese a que muchas de las heridas eran mortales. Luego, claro, le hicieron la autopsia al cadáver y el forense determinó que al finado lo había finado o finiquitado alguien que no sentía, cada vez que le herían, el pungente mordisco de las puñaladas. No sé que habrá pensado el juez que levantó el cadáver y si pensaba que el muerto iría al hoyo sin pasar el trámite enojoso del reconocimiento pericial. Pero no cabe duda de que fue muy optimista al evaluar su resistencia al dolor y el vigor de su decadente fortaleza física.

Es lástima que no sepamos el nombre de la víctima para encomendar su alma a Dios, ni nos hayan facilitado el de la esposa para ponernos a resguardo. Porque es que, al parecer, el hombre padecía una enfermedad degenerativa que había mermado su fuerza muscular y le había sumido en la depresión.

Finalmente un juez, no sabemos si el optimista u otro más pesimista, ha dejado en libertad con cargos a la compañera. No hay cosa que más deteriore la relación que relacionarse. Y aunque a esto no lo califique nadie violencia de genero, es evidente que el mas fuerte se impone al débil, sea la hembra, el macho o el compañero homosexual más robusto. Pero los tíos son tan pringaos por lo general, que se autoinculpan y se entregan a la Guardia Civil.

En cualquier caso, cada cual sabe si puede o le puede su relación y si la convivencia con su prójimo –o prójima, como diría Ibarretxe-- es tan desolada e inhóspita que no merece la pena vivirse. En ese caso, mejor tomar la toalla y el cepillo de dientes y decir amablemente adiós. Y si eso no es posible, la mínima cortesía aconseja ausentarse sin “ausentar” al compañero contra su voluntad, porque es posible que no halle la vida tan desprovista de propósito sin nuestra presencia. Me recuerda aquel hilarante pacto de suicidio que proponía el obstinado Don Mendo a la casquivana Magdalena: “No tal./ Resuelto está, ¡vive Dios! / Y si te parece mal, / aquí mismo este puñal, / nos dará muerte a los dos. / Primero lo hundiré en ti, / y te daré muerte, sí, / ¡Lo juro por Belcebú! / y luego tú misma, tú, / hundes el acero en mí”.

Dios quiera que, con el concurso de la ciencia, aclaren pronto el enigma abstruso de este misterioso multisuicidio reiterativo y contumaz.

Darío Vidal

16/01/2008

 

       El suicida concienzudo (16/01/2008 17:55)