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Publicado: 11/01/2008


 

EL VÉRTIGO DE PENSAR


Una persona formada con cierta disciplina lógica y mediano rigor intelectual no puede sino estremecerse de horror al vacío cuando se asoma al brocal de la nada y ve pulular a los grises personajes que aspavientan allá abajo para hacerse notar. Es imposible no alarmarse al reparar en qué manos estamos.

Sería ingenuo suponer que el vacilante caminar etílico de los políticos que no tienen proyectos se deba a carencia de recursos o a falta de sensibilidad –lo cual tiene peor pronóstico aún--, sobre todo cuando se barajan millones como sucede con el cínico proyecto blasfemo de restaurar del teatro romano de Sagunto, en el que se husmea el “trinque” a quince estadios de distancia. La falta de rumbo fijo se debe más bien a la carencia de propósitos y al oportunista cambio de objetivos, lo que es todavía más culpable.

No es tan difícil realizar un elemental ejercicio de lógica. Basta con preguntarse qué hay que hacer, para qué, cómo, cuándo y a costa de qué. E ir despejando sosegadamente las incognitas. Cuentan que, siendo cardenal, le preguntaron a Juan XXIII por qué no se turbaba nunca ante los problemas. Y dicen que dijo: “Porque los problemas grandes los desmenuzo en poblemas pequeñitos y los resuelvo uno a uno”. No se si será cierto “ma se no e vero e ben trovato”, como aquello que un amigo me refirió como anécdota y luego he oído como chiste, sobre la agudeza de cierto enfermo mental de la que un cuerdo se asombró: “¿Sabe usted que tiene mucha razón en lo que dice?”--, intentó halagarle. “Nosotros tenemos razón muchas veces, pero somos minoría”,-- le respondió el supuesto orate severa y resignadamente.

Por eso pienso que ejercitando el puro pensamiento sería muy difícil perderse en el dislate. Por ejemplo, si analizamos ese esperpento de Sagunto, utilizando lo que se llamaron “categorías” desde Aristóteles hasta Kant, habríamos llegado a conclusiones tal vez poco brillantes aunque mucho más certeras, y además hubiésemos desenmascarado el turbio tinglado técnico-artístico-arqueológico-cultural como puro contrabando.

Se trata de saber qué es lo que se pretende transmitir con la contemplación de este monumento. Esta es una decisión fundamental. ¿Queremos verlo en su vertiente arqueológica; deseamos contemplarlo con ojos de antropólogo; pretendemos verlo con la mirada de la ensoñación poética y que nos remita a las calles, los mercados, los albañales, las termas y el foro, o nos proponemos ver representaciones teatrales, aunque en ese caso tengamos que esperar a las noches caniculares, siempre que no llueva, supeditando la programación a los imponderables.

¿Qué es lo que queremos: transitar por las calles romanas y vivir como los romanos? ¿Ver “Antígona” en un recinto de entonces pero protegido con una cubierta, calefacción y aire acondicionado? ¿O contemplar lo que han preservado los siglos, sólo cuando sea posible? Pero es insensato revestir las nobles gradas de piedra con mármol pulido, remodelar los “vomitoria” del anfiteatro para ensanchar los accesos, o cubrir el “scamnum” con metacrilato merced a una estructura de alumino. Es un decir. Porque eso no tiene ningún sentido ni mirado desde la arqueología ni desde la modernidad.

Darío Vidal

11/01/2008


 

       El vértigo de pensar (11/01/2008 19:34)