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Publicado: 09/01/2008


 

ESPAÑA” ES DE MAL GUSTO


Ahora que no tenemos empacho en llamar puta a una señora en público, de hablar de los cuernos de un personaje y de citar el coño, el chocho, el pene, la polla, los polvos a derecho y contra natura, y otras acciones, omisiones, pasiones, accidentes y órganos sexuales, sensitivos, anejos, perisexuales y parasexuales, ahora, precisamente, se considera de mal gusto pronunciar el nombre de España. La palabra España es poco menos que indecente y obscena. Y lo más estupefaciente es que entre quienes la consideran de mal gusto está el presidente de su Gobierno. A José Luís Rodríguez Zapatero parece quemarle esa voz infame, comprometedora e infecciosa, que solo se aviene a pronunciar acuciado por la inminencia de las elecciones. No puede extrañar por ello que, contra la costumbre, la práctica y la tradición, renunciase a dar la voz de España cuando finalizó su parlamento ante los soldados que la representan en el Líbano. Ni el presidente francés Nicolás Sarkozy, descendiente según dicen de un inmigrante magyar, que pretende organizar el Estado francés ateniéndose a criterios de eficacia en la gestión como si se tratase de una empresa mercantil, ha renunciado al nombre de Francia sino todo lo contrario, en tanto que el español –con perdón-- se queda mudo antes de pronunciar la palabra España.

El presidente del Gobierno puede estar afiliado a cualquier partido, pero, por encima de todo, su partido debiera de ser la Nación. Si no tuviésemos un Rey que garantizase su identidad y permanencia, como Zapatero llegase a presidente de la República tal como desea, lo que queda de España nos duraría apenas una temporadita.

Hay actitudes fraudulentas que mueven al escándalo e inducen al desprecio, como el juez que vulnera la Justicia; el rabino, el imán o el sacerdote que blasfema de Dios, y el político que traiciona a su país o conspira contra su unidad: todos son felones desleales y fementidos impostores. Un político puede dar en la diana o fallar, acertar o equivocarse, pero nunca renegar de su patria. En un político, la tibieza es ya, en si misma, una deserción. No importa la naturaleza de los sueños, pero lo que no se le puede perdonar es la falta de amor y la carencia de entusiasmo.

Cuando la feligresía se alborota por la audaz ocurrencia de Sarkozy, que proyecta una nueva manera de gobernar la nación basándose en criterios de eficacia como si se tratase de una compañía mercantil, parece no reparar en que la dirección de la “res pública” no puede estar por más tiempo en manos de aficionados, diletantes e improvisadores ya que los que se dedican a gestionarla carecen de cualificación profesional. Todo lo mas que se les exige es que hayan cursado derecho o Ciencias Económicas como si constituyesen la panacea que garantizase el buen gobierno. Antes, la devoción política suplía la eficacia si era “de los nuestros”, pero cuando el pensamiento mengua y se produce “el ocaso de las ideologías”, un fenómeno patente acaso para bien, es razonable profesionalizar la Política, o sea a los políticos, que hasta casi nuestros días han sido “intrusos” con alguna feliz excepción.

Al norte de los Pirineos desean sustituir la palabrería y las promesas por el programa y el rigor, a la mayor gloria de una Francia de la que se les llena la boca. Aquí critican ese cartesianismo político, en favor de la arbitrariedad del jefe y sus amigos, pero silencian el nombre de España.

Darío Vidal

09/01/2008

 

       'Espaņa' es de mal gusto (09/01/2008 16:07)