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Publicado: 02/01/2008


 

INMIGRANTES O INVASORES


Hemos saltado la barrera del año. Estamos ya en 2008. Feliz año nuevo. Pese a que nuestros políticos prefieren apoyar a las desvalidas compañías de suministro de agua, de fluido eléctrico, de servicios telefónicos y de gas sin apenas beneficios que a sus usuarios, por aquello de que si no puedan pagar lujos, que no los contraten. Y lo mismo puede decirse de los jubilados a los que el incremento de pensiones servirá apenas para pagar a las malas Compañías. De modo, que lo comido por lo servido.

Pero ese vaivén del “si” pero “no” a que nos tiene acostumbrados ZP, nos remite, entre otras, a la Ley anti-tabaco que interpretan las comunidades autónomas según su capricho y cada establecimiento a su voluntad siguiendo el talante desentendido y ecléctico del Presidente, que evita comprometerse incluso en asuntos de Estado. Otros países vecinos menos demócratas que nosotros van a aplicar este año la misma ley con criterio casi siempre restrictivo, y obligarán a cumplirla a todo el mundo.

Lo mismo que con la demagogia de la inmigración. No somos racistas y eso los saben muy bien los recién llegados. Y claro que estamos de acuerdo en que vengan a nuestro país los que lo deseen para ampliar sus opciones, pero no porque no tengan otra alternativa. Del mismo modo que nosotros nos instalamos en otras latitudes porque el mundo es de todos pero no para escapar de una ratonera o inscribirse en una “franquicia” criminal.

Por otra parte las migraciones masivas, aunque no tengan un carácter de invasión militar son un factor de inestabilidad y de alienación de la comunidad receptora al margen de sus sentimientos piadosos. Aunque otra cosa son las asociaciones de recién llegados, con entidad jurídica. Los inmigrantes lo son como individuos singulares, pero no como colectivos. Enfrentar grupos foráneos a la comunidad receptora constituye una intrusión “tumoral” en el cuerpo social. Quiere esto decir que si cualquier inmigrante tiene derecho a asociarse como otro cualquier ciudadano a un partido, a una sociedad, una entidad o un club, no es razonable que lo haga como nacional de otro país en tanto que tal. No puede convertirse en un grupo de presión ajeno a las intereses generales del país receptor, en cuanto tal. Este fenómeno crea inevitablemente el enfrentamiento. Porque el que se pertrecha contra la sociedad receptora como ante algo hostil y no acata las normas vigentes como individuo, rechaza comportarse como ciudadano para adquirir un poder marginal como miembro de una “secta”.

Y en cuanto a los países islámicos, prueben a solicitar la construcción de una iglesia o busquen para sus hijos un colegio religioso o sencillamente cristiano y ya me darán la respuesta. El rasero de medir tiene capacidades muy distintas –o ninguna-- para las intolerantes sociedades musulmanas. No hablo ya de las muestras externas de piedad como llevar un crucifijo pendiente de una cadena, porque lo consideran una provocación aunque sean ellos los que se han trasladado a un país culturalmente cristiano sin que nadie lo demandase. Para poner freno a la incultura, la cerrilidad, la intolerancia y la prepotencia de los forasteros integristas, hay que controlar la entrada de extranjeros. No es preciso que nos remontemos a fechas luctuosas que todos tenemos presentes.

Darío Vidal

02/01/2008

 

       Inmigrantes o invasores (02/01/2008 19:33)