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Publicado: 20/12/2007


 

EL PAPA NOEL Y EL DESEO


Un grupo de intelectuales, instituciones y comerciantes han arropado a un párroco rural que pretende desterrar de nuestra Navidad a ese polizón sin pedigrí llamado Papá Noël, que se inventó un día la Coca-Cola con el piadoso propósito de ganar dinero al arrimo del Nacimiento. Un nacimiento que desde el punto de vista teológico es anatema en su credo, y que se ocupan de minar deslizando elementos espurios para desvirtuarlo y sustituir la denominación de Navidad por la más moderna, ecléctica y des-comprometida de Fiestas de Invierno.

En algunos países de tradición cristiana ha comenzado a hacer fortuna esa novedosísima y desconocida perífrasis para encubrir la Nochebuena, la Navidad y la festividad de los Santos Reyes. La cosa no tendría mayor trascendencia si no fuese porque ese aparente descuido no tiene nada de ocasional e ingenuo y está disolviendo solapadamente el delicado y tierno imaginario de los niños.

Naturalmente a mi no me han llamado para que apoye su reivindicación e imagino que cuentan con razones e inteligencia para llevar adelante sin mi la campaña. Me limitaré simplemente a alertar sobre la devastadora inflación del deseo. No hace mucho -creo que se lo he contado ya a ustedes- preguntaba a un niño de nueve años, ilusionadamente, qué le gustaría que le comprase para su cumpleaños. Pero él seguía a lo suyo y no logré captar su atención con lo que a mi me parecía una suculenta tentación. Hasta que se detuvo un instante y me dijo desganado: “No sé: lo tengo ya todo”. No es una ocurrencia para ilustrar el discurso ni tampoco una parábola. Me ocurrió a mi con el mayor de mis nietos. Y pensé con desaliento que le hemos provocado una mutilación de la que no va a recuperarse si no media un descalabro sociológico, eventualidad que me aterraría por él: le hemos amputado la capacidad de desear.

Que un chico despierto, curioso, preguntón y soñador como tantos otros no apetezca nada es un dato preocupante. Me he dado cuenta de que le agobia la pluralidad de cosas mensurables, la superabundancia de objetos. Y que, en cambio, tiene sed de sueños. Lo intuí cuando cierta noche mágica desdeñó los costosos regalos para jugar con las cajas que los habían envuelto.

Los valedores de Papá Noël, apoyan a los mensajeros del Corte Inglés, Juguettos y Super Toys con el argumento de que ellos no tenían tanto cuando chicos, que es como si indigestásemos a nuestros pobres niños –ya tienen colesterol, diabetes y obesidad mórbida-- porque sus abuelos habían pasado hambre. Pero lo más grave es que no les enseñamos a esperar, a soñar, a imaginar y a desear. Tampoco aprenden que del mismo modo que no hay dicha completa, tampoco hay penas sin esperanza. Y que cuando se van los Reyes y hay que volver al cole, esperan los juguetes tan deseados, después de los deberes, supuesto que no nos hayan colado de matute en la tele los que nunca desearon. Los que abogan por el trineo, los renos y el empleado vestido de Coca-Cola, piensan que es mejor que los regalos lleguen cuanto antes, no por amor sino para neutralizar el ímpetu alborotador de los infantes. Pero los peques se quedan a las puertas de la escuela, ante el sombrío panorama de los deberes, con los juguetes ya rotos, sin ilusión, horizonte, esperanza, ni aliciente para después de merendar.

Darío Vidal

19/12/2007

 

       El PapŠ NoŽl y el Deseo (20/12/2007 01:49)