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Publicado: 07/12/2007


 

COBARDES CON PISTOLA


Sentí siempre un profundo menosprecio por los valientes con pistola, esos que pasean su porte altivo entre los ciudadanos pacíficos con los que no hay que exhibir autoridad ni demostrar nada, como el espadachín de los Tercios o el “miles gloriosus” de la comedia latina del que tanto se carcajearon los autores del bajo Imperio. Pero si un ser humano me inspira repugnancia es el cobarde con pistola. El primero, porque es un exhibicionista que se da ánimo exhibiendo los atributos de su rango entre quien no lo necesita; el segundo porque no es capaz de afrontar los desafíos cara a cara. Ahí tienen sino esas sabandijas de la ETA, agazapadas con sus armas para sorprender a hombres valerosos y verdaderamente honestos, que no se dejan intimidar aunque la procesión vaya por dentro.

Eso es lo que pasó en Capbretón con los arrojados “gudaris” Asier Bengoa y Saioa Sánchez Iturregui cuando después de asesinar a Raúl Centeno y Fernando Trapero, dos guardias civiles desarmados –no se atreven a hacerlo de otro modo--, pespuntearon Francia en todas direcciones sin saber adonde ir, se dejaron apresar en una estación de autobuses sin oponer resistencia a la policía francesa advirtiendo que eran de ETA y les dieron las armas que acababan de utilizar, no sea que se les fueran a disparar. Que falta de dignidad.

Cuando se escoge luchar hasta la muerte enfrentándose abiertamente al enemigo, y no asesinándolo a traición, supongo que se ha de tener asumido perder el juego, fracasar y dejarse la vida. Pero estas alimañas hediondas, estos chantajistas carroñeros, estos parásitos que cobran el sucio “racket” gangsteril, estas sabandijas por tantos conceptos inmaduras a las que el síndrome de Peter Pan ha dejado ancladas en los nueve años jugando a policías y ladrones, no deberían obtener más publicidad que la del silencio. Detenerlos sin notoriedad y guardarlos en un torreón de por vida. Y si prefieren hacerse famosos, darles satisfacción publicando sus fechorías, sus rostros, sus nombres completos y los de sus víctimas, para que al pasar por la acera les aplaudan todos, incluso en la cara. Eso es lo que se llamaba en otros tiempos “ser expuestos a la vindicta pública” y nadie crea que sea una medida infantil porque es un correctivo muy disuasor.

Nada de velar por la imagen y el buen nombre de los criminales. La reputación de una persona que delinque no se pierde por salir fotografiado en los periódicos o en la tele con el relato de los hechos, sino por haber traicionado la confianza de los vecinos y atentar contra la integridad de los ciudadanos a los que se han arrebatado los bienes o la vida.

Leía anoche un análisis del comportamiento de estos individuos, tal vez mandados por el propio Garikoitz Azpiazu alias “Txeroki”, al que se supone el jefe de la banda en la actualidad, y se ponía de relieve que está apurando los últimos cartuchos. Alguien puede seguir matando, pero el aparato carece de coordinación como se puso de manifiesto en la huida por las carreteras de Francia sin encontrar acogida en ninguna parte, en el temor de los partidarios a descubrirse, en la carencia de información fiable para planear las “ekintzas”, y en la bisoñez e inexperiencia de los llamados “comandos”. Así es que las pistolas no les bastan para quitarse el miedo.

Darío Vidal

07/12/2007

 

       Cobardes con pistola (07/12/2007 23:34)