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Publicado: 04/12/2007


 

LOS ÚLTIMOS DE LA CLASE


En lo que los escolares españoles van bien, según el Ministerio de Educación, es en Matemáticas: están en el lugar 32 de los 47 países encuestados para elaborar el último Informe Pisa. Y desde luego no es culpa de la señora ministra sino del abandono de los gobiernos precedentes. Como tiene que ser. Ahora bien, si en lo que vamos bien estamos a ese nivel, imaginen como estarán nuestros chicos en lo que van mal, que es en Ciencias y en Humanidades. ¿Hay alguna parcela en que se pueda ir bien, una vez excluidas todas? Somos los últimos de la clase.

Sin embargo hay algo peor: nuestros chicos están veinticuatro puntos por debajo de los más atrasados en “comprensión lectora”. Y eso no es una broma ni se presta a chistes: eso quiere decir que los jóvenes españoles no entienden lo que les dicen, de modo que ya pueden estudiar idiomas y entronizar el Inglés como segunda lengua, si no son capaces de discernir lo que les sugieren, les comunican, les explican, les mandan y les preguntan en su propio idioma. El descubrimiento de esta circunstancia encubre un hecho grave y muy difícil de enmendar y reconducir, que constituye la clave de la cultura, el aprendizaje y la comunicación.

Exagerando --porque la exageración es como la lupa del pensamiento--, es parecido a intentar entendernos hablando ruso con los chinos. No hay senda practicable. Sin allanar el cauce del diálogo, no es posible transitar hacia la orilla ajena. Y ese es el drama: sin el vehículo de la palabra es imposible comunicar las ideas, tanto el enunciado de un problema como el comentario de un texto. Supongo que ningún profesor --¡que lástima que no quieran ser ni llamarse ya maestros!-- se atreverá a desviarse de la rutina del programa, para motivar a los chicos proponiéndoles un refrán o un acertijo al despedirse, si son niños, o reflexionar sobre el pensamiento de alguien con un poco de enjundia si son ya mozos. Es un juego tan apetecible, tan competitivo, tan gratificante, tan barato y tan eficaz... Pero da la impresión de que los docentes, con la atención acaparada por la Autoridad, están en otra cosa.

Yo se de una profesora de bachillerato que dedicaba la última clase de la semana a que los muchachos debatiesen sobre un tema que hubiesen elegido y preparado, ateniéndose a las normas del discurso y respetando los turnos de palabra, sin permitir que el acaloramiento les tentase a la descalificación o el insulto --¡igual que en el Congreso!-- y consiguió no solo enseñarles a hablar sino también a respetarse. Cuando yo andaba en el mismo empeño, un profesor de Literatura nos hacia leer en casa un fragmento de la Ilíada señalado por él y buscar por nuestra cuenta las palabras que ignorábamos. Un día en clase nos pedía que escribiésemos sobre lo que quisiésemos utilizando tales o cuales voces. Aquello fue una broma, luego un juego y después un reto que nos enseñó mucho. Y sobre todo nos dejó el recuerdo entrañable del profesor Miguel Azara, por mal nombre “Regaliz”.

El nos dejó, sin pretenderlo, una enseñanza valiosa: que cada profesor, con sus escasos medios, es capaz de crear su propio Plan de Estudios para redimir a sus alumnos y rescatarlos de la ignorancia oficial.

Darío Vidal

04/12/2007

 

       Los ultimos de la clase (04/12/2007 22:01)