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Publicado: 03/12/2007


 

VORACIDAD CATALANISTA


Los resentimientos más hondos y contumaces suelen generarse por la posesión de la tierra y, sobre todo, por el sutil e insidioso litigio de los lindes. Es un tema recurrente en la biografía de los hombres y en la Historia, que ha dado ocasión a centenares de conflictos y argumento a miles de relatos.

Los aragoneses han tenido debilidad por sus vecinos orientales, tal vez por considerarlos algo suyo, pero, desde hace un tiempo están comenzando a alimentar una suerte de resentimiento malsano porque se sienten defraudados. Le han dado la espalda a la historia y al futuro porque han dejado de creer a si mismos: se sienten cohibidos por las apetencias y la rapacidad de los catalanes que hacen política y la intervención de la Iglesia ha incrementado su rechazo. Yo mismo tuve que lidiar por la documentación del Archivo Histórico de la Corona de Aragón, sin ningún progreso. Pero otras veces reclaman derechos sobre el vetusto territorio real aragonés que comparte el uso del castellano y el occitano en un delirante deseo de apropiación. El honorable Pujol pretendió catalanizar los apellidos de “los otros catalanes” cambiando Zapatero por Sabater; Herrero por Ferrer; Allende por Lluny... Y por aquellos años –los peores de Setién-- monseñor Carles no permitió la celebración de la Virgen del Pilar por los aragoneses en Cataluña “para no poner en riesgo la unidad eclesial”.

Si antes pugnaron por el trasvase, que ya han conseguido, ahora está en juego, otra vez, la “propiedad” del Aneto y la Maladeta. Todo se andará. Seguramente es ya ocasión de no ser simpaticos por más tiempo y organizar un movimiento ciudadano que no consienta la rapiña. Y reivindicar no solo ya los bienes eclesiásticos seculares que los jueces nos reconocen, sino todos los otros de que se han apropiado y también los que se llevaron que cuando la Guerra los comisarios de la Columna Lluis Companys para constituír el fondo nuclear del Museo Marés.

Hace unos días, Heraldo de Aragón daba noticia de la actitud de rebeldía de la Iglesia catalana respecto de la autoridad del Vaticano, zafándose de la obediencia debida a la Jerarquía, y se viene negando a restituir los bienes eclesiásticos usurpados durante siglos a las parroquias fronterizas de Aragón, desoyendo el veredicto firme de los tribunales eclesiásticos. Eso, incluso después de que sus propietarios aceptasen no poner en cuestión los fondos del “Museu Nacional d'Art de Catalunya”. Y pasando por alto el tesoro que ha ido saliendo de templos y ermitas hasta los últimos años, y que los aragoneses no podían reclamar sin aducir documentación probatoria aunque conservasen memoria de aquellos retablos e imágenes, sin que los usurpadores tuvieran que aportar prueba alguna para demostrar su propiedad.

Un expolio perpetrado por clérigos feudales instalados en el egoísmo más mezquino, que se ciscan en el espíritu cristiano, hacen burla de la Justicia, y dan motivo de escándalo anteponiendo la catalanidad, a la catolicidad y la verdad. Aunque ellos no perciben esta desviación de la doctrina como un baldón sino como un mérito porque son el vetusto fermento dinamizador del separatismo.

Darío Vidal

03/12/2007

 

       Voracidad catalanista (03/12/2007 18:35)