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Publicado: 29/11/2007


 

MONARQUÍA Y REPÚBLICA


No soy experto en Derecho Político. Tampoco lo pretendo: no deseo añadir otra ignorancia a la ya larga lista de saberes que he olvidado o nunca aprendí bien. No tengo, pues, ninguna cualificación académica para opinar sobre la disyuntiva entre Monarquía y República como la mayor parte de mis conciudadanos y no quiero sino “fer una prosa en roman paladino, en cual suele el pueblo fablar a su vezyno”.

Ocurre que las maniobras de obstrucción y dilación de los partidos, según sus intereses, cuando se aborda la renovación de las instituciones o se pone a votación el Consejo Asesor de Radiotelevisión Española o la composición del Tribunal Constitucional, me han hecho pensar en el colapso que podría generar en otros ámbitos de la convivencia cívica un presidente de la República, partidista y sometido a los dictados del secretario general de su grupo, que por principio no es imparcial, ni ecuánime, ni independiente, puesto que se orienta –lícitamente-- al logro de sus objetivos ideológicos. Lo vemos en las más altas instancias del Estado, porque un militante promovido a un alto cargo no debe fidelidad mas que a quienes lo han aupado. Y le es difícil ser ecuánime en esta situación.

Acabamos de asistir a la marginación de un presidente del Congreso que se propuso ser fiel a su cometido y al Estado, procurando ser ecuánime, equidistante y desapasionado: Fernando Marín. Pues bien, acaba de renunciar a repetir en la próxima legislatura, decepcionado por la actitud de la Cámara, y en parte cesado “in péctore” por el su propio grupo que lo ha juzgado poco entusiasta, tras haber desempeñado brillantemente otros cometidos. Así es que cuando ayer mismo José Bono, propuesto para sucederle, quiso esbozar un elogio de él, se alejó musitando con amargo despego: “Yo ya no soy de este mundo”. Ese puede ser, aquí y ahora, el tortuoso y efímero tránsito de un presidente de república.

Aunque su poder haya sido moderado por la Constitución, el monarca conserva su valor arbitral y su prestigio de símbolo, con independencia de los partidos, y con un poder de cohesión y una capacidad de liderazgo que dan consistencia a la nación. Y quien diga que esa representación es convencional habrá de aceptar que en política todo se funda en el pacto, hasta el modelo de Estado.

No pretendo demostrar nada. No quiera Dios. Hablar de la disyuntiva entre Monarquía y República es adentrarse en un piélago de sentimientos mas que de ideas. En España este debate, que ha enfrentado familias entre sí, está cargado con pólvora. Es como probar la existencia de un Ser trascendente: que para quienes tienen fe es innecesario y para los incrédulos, inútil.

Otra cosa es el afecto, diría que personal, que el pueblo profesa a don Juan Carlos al que el General despreciaba y postergaba, como a nosotros, y con el que parecía jugar a ponerlo y a quitarlo, según las cartas y el momento,

sometiéndolo a vejaciones en ocasiones simbólicas, que son las más sutiles, como la usurpación de la insignia del Toison de Oro, la Orden que crearon sus antepasados, que pertenece y debe ostentar el jefe de la Casa de Borbón.

Don Juan Carlos era uno de los nuestros, una opción que confirmo en la Transición. El debate ahora está en el futuro.

Darío Vidal

29/11/2007

 

       Monarquía y República (29/11/2007 20:37)