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Publicado: 24/11/2007


 

POLVO SÓLO


No se llamen a engaño. Si hablo de polvo no me refiero al polvo lúdico, generativo y gozoso, sino al polvo de siempre: al polvo polvo. No al polvo de la molinera sino al del molino, para que me entiendan. El polvo del camino hace suponer que el vehículo rinde menos a pesar de la nube que dejamos, los sofás adquieren un tacto como de terciopelo viscoso y ajado, y la visión más próxima se empaña con una bruma de lejanía.

A los varones nos parece que no mancha y, cuando nos quedamos unos días solos, nunca lo limpiamos porque eso no es suciedad: eso son futesas, mariconadas, manías de mujer. Pero a su contacto persistente, los plásticos se vuelven mates para siempre, la piel curtida pierde el brillo, el cuero se acartona, y, sin saber por qué, comenzamos a experimentar tristeza: no he conocido a un solo deprimido que no conviviese con él. No sé si es el efecto o la causa, aunque todo pudiera ser porque el polvo es la cifra del acabamiento y la muerte, sin ningún propósito metafórico ni estético (“pulvus eris...”), ya que el polvo son los escombros del Universo: lo que desechan por inservible los volcanes y las mantas, las hierbas secas y las plumas de los pájaros, las manoseadas escamas de nuestra piel seca y vencida, y las montañas. Además de los planetas y las galaxias. De modo que hasta en el escritorio en que me apoyo aterriza el polvo cósmico tras milenios de depuración y adelgazamiento a lo largo de un viaje que dura mil veces más que nuestras vidas.

El polvo es la lúgubre premonición de la muerte; el testimonio de que no solo la vida sigue, animosa, sucediéndose a sí misma, sino que también el morir nos sobrevive y nos precede poniendo huevos en la herida. Tal vez por eso, el polvo, esa hez de las cosas, nos entristece íntimamente aunque no seamos conscientes de ello, incluso antes de que se pusiera de moda la cremación, cuyas cenizas están poniéndonos perdidos. (“¡Por favor, déjame pasar a la ducha que hemos incinerado a Fernando y me ha dejado el cabello como la nieve!”)

No deja de ser humana, estúpida, miope, irracional, inexplicablemente incongruente, que en una hora presidida por la ecología, torzamos el rumbo de las cosas y, en lugar de fertilizar la vida con la muerte reposando debajo de un almendro como Eloísa, lo que puede constituir una remota fuente de esperanza, hagamos por rematar la muerte reduciéndola a menos que pavesas, que es la forma definitiva de convertirla en basura.

Lo digo pensando en mi admirado Fernando Fernán-Gómez, que no será ya una guardada reliquia, ni podrá descansar en paz, y al que tal vez hemos privado de ser siquiera polvo enamorado.

Darío Vidal

24/11/2007

 

       Polvo sólo (24/11/2007 02:24)