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Publicado: 23/11/2007


 

CESAR A MORATINOS


Recuerdo ahora una viñeta de cierta revista ajada que encontré en el desván, en aquella edad en que todo resultaba hilarante, y donde un transeúnte preguntaba a un personaje arrebujado en su sarape y hecho un ovillo bajo un enorme sombrero mejicano:“¿Y usted, compadre, qué hace?”. “¡Pos ya ve...!”-- le respondía el interpelado ambiguamente. “¿Y usted?”-- porfiaba dirigiéndose a otra figurita insignificante acurrucada al lado. “Yo soy el ayudante, señor”. Es la imagen de Zapatero y su compinche Moratinos, ese tándem inseguro de incompetentes que no ha sido capaz de lidiar en otros frentes y se refugia en pintorescos dirigentes bananeros e iletrados contando con que serán más dóciles, pero que les mesan las barbas y les mean la cama.

El delicado Zapatero no ha aprendido todavía que, en determinadas circunstancias, hay que “envidar” con determinación y coraje, y que a los matones, como los de la ETA por poner un ejemplo, no se les puede tratar con timidez, con blandura, con paños calientes, ni con --¡hablemos claro!-- con miedo. Algunos aprendimos esto ya en la escuela, pero da la impresión de que el presidente aún no ha salido del parvulario.

Tal vez antes no fuera tiempo de adoptar medidas drásticas. No lo sé, porque de diplomacia se poco más o menos lo que Moratinos. Pero llegados a esta situación, sería preciso tomar decisiones sin hacer aspavientos y sin ensuciarse en los pantalones. La política es un ejercicio de tacto, prudencia y perspicacia. Y de dignidad. Pero cuando un salvaje la confunde con una porfía de rufianes, hay que dejarse de contemplaciones. La política es también hacerse respetar y, sobre todo, reducir a los otros a su verdadera dimensión. Por eso hay que poner en el suelo al Huracán del Caribe, que se ha crecido y ha encontrado una mina en las vejaciones al Rey y en los insultos a España, sobre todo ahora que se golpea el pecho para impresionar como los orangutanes, en vista de que la mayoría de los venezolanos se niega sensatamente a refrendar su proyecto de constitución para convertirse en presidente vitalicio de su país. Un proyecto de desmedida impudicia, un despropósito y una bellaquería que no está inspirada por el amor a la Patria.

“Tuvo suerte el Rey de que no le oyera –ha dicho ese mequetrefe--; si lo hubiera oído, su corona se le habría caído al suelo”. ¡Pero qué desvergüenza! ¿Qué amenaza es esa? ¿Y quién miraba boquiabierto al Rey cuando le afeaba su conducta? Este bocón sin crianza recuerda al pendenciero de Cervantes, y a aquel otro que se pasó la noche temblando, sujeto por una zarza en el cementerio, y al hacerse de día aseguraba que, si hubiese creído que era un hombre o un espíritu en lugar de un arbusto, le hubiese cosido a estocadas. ¿Tiene que esperar más la Diplomacia española –o lo que sea-- para pararle los pies a este chiquilicuatro? Aparte de oficio hay que tener dignidad y un mínimo decoro para ir por el mundo representando, aunque sea mal, a una nación como España. ¿Se imaginan lo que sucedería en Gran Bretaña si alguien se hubiese atrevido a humillar de ese modo a Su Graciosa Majestad? Este incidente no es una broma. No se le puede dar la espalda. Porque exige el cese inmediato del responsable de Exteriores.

Darío Vidal

23/11/2007

 

       Cesar a Moratinos (23/11/2007 01:47)