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Publicado: 17/11/2007


 

UN POLACO EN CANADÁ


No hay diferencia entre los malos y los buenos. Todos los días nos muestra la más oscuro de la vida, lo más sórdido de la existencia, el objetivo alerta de una cámara. Hemos visto psicópatas ametrallando a compañeros de instituto y rastros de vísceras y miembros ensangrentados que testimonian la vesania diabólica del hombre, tras los cientos de atentados que se perpetran en nuestro país y fuera de él. Mas en casi todos ellos nos muestran ya muertos a los muertos, o desplomándose inertes de un disparo certero, tal como nos enseñan la muerte en el cine, sin compasión, culpabilidad, angustia ni agonía: una muerte indolora y “light”, con excepción del insufrible pistoletazo en la sien del prisionero de Mi-Lay arrodillado y humillado, que se desplomó pesadamente como un saco de arena ante la impasibilidad de su ejecutor. Imagino que lo recuerdan.

Pero esas salvajadas del hombre contra el hombre ocultaban los detalles del tránsito, el horror y los gritos del animal que se siente herido de muerte. Se trata de no remover las conciencias. Es lo que hacía herr Joseph Goebels, el melómano e hipersensible cultivador de flores y de pájaros, cuando valoraba el aumento de producción en Auswitz y Maunthausen ocultando que se refería a las fabricas de muertos del Reich.

Ayer sin embargo presenciamos con ojos atónitos el asesinato del emigrante polaco en un aeropuerto de Canadá y no podemos creerlo. Es posible que el pobre diablo no estuviera muy allá porque, desesperado por no encontrar a su familia que supuestamente había venido a esperarlo, y en vista de que nadie entendía su idioma, rompió una mesa de oficina y derribo un ordenador, hasta que apareció la policía, de la que no huyó pensando que tal vez alguien le entendería. Pero, no. Comenzaron a disparar contra él sus modernos y sofisticados subfusiles láser, sin mediar palabra. Unas armas inocuas según dicen, no agresivas, humanitarias e incruentas, pero que lanzan haces de descargas eléctricas de alto voltaje que se fueron sumando después de sucesivos disparos mientras el desgraciado se revolvía primero gritando y luego gimiendo lastimeramente desde el suelo, hasta que tres o cuatro salvajes uniformados se avalanzaron sobre él hasta que dejó de moverse. No sé qué podían temer de él aquellos valientes cibernéticos. Pero lo acabaron. Eso sí, limpiamente. No vertió ni una gota de sangre. No dejó rastro. Un desahogo para la Autoridad.

¿Cómo se puede dotar de armas a funcionarios que se asustan de una rata y temen a un hombre desarmado hasta perder el juicio? Y esperen lo peor porque USA ha descubierto que sus aeropuertos siguen siendo vulnerables.

Si me pierdo en un intrincado aeropuerto laberíntico e inhumano, pido a Dios que la policía me dispare con humanitarias armas convencionales y benignas balas de plomo, que ya habrá quien me las extraiga mientras alguien traduce la información que deseo. Pero suplico que no me traten con el mimo de una persona, paralizándome el corazón, el cerebro y el sistema nervioso. No me traten con tal consideración. Gracias. En el caso de no hacerlo, prometo aparecérmeles todas las noches en sueños, hurgar en las puertas cuando retocen con sus novias, mover los vasos en que vayan a beber y no darles reposo durante el resto de mi muerte.

Darío Vidal

17/11/2007

 

       Un polaco en Canadá (17/11/2007 01:15)