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Publicado: 25/10/2007


 

EL ENERGÚMENO DEL “METRO”


Lo vimos todos, y algunos saltaron en su asiento de modo reflejo para propinar dos sonoras bofetadas al energúmeno del metro de Barcelona que le dio una patada en la cara a una niña ecuatoriana que estaba sentada junto a la ventanilla. Aunque nadie de los escasos presentes se movió, a los que vimos el vídeo nos alteró el pulso. Pese a que no somos quiénes para juzgar. Tal vez en esas ocasiones es difícil hacerse cargo de la situación, aunque indigne la desproporcionado y salvaje de la escena, porque no se sabe qué ha mediado entre agresor y agredido; si ha existido una provocación previa o se trata de una vieja cuenta pendiente en que no podemos mediar. Por eso es entendible, aunque sea criticable, la, al parecer, cobarde actitud de los presentes. Pero el americano que veía sin mirar la atroz agresión, tal vez no estaba en condiciones de prestar ayuda por su situación acaso precaria. En cuanto a algún eventual espectador, pudo paralizarse por la presumible paliza que podía esperar del matón, al que vio borracho y drogado hasta las cachas, o quién sabe si le detuvo el mal trato que depara la Justicia española a los inocentes.

El deterioro de la seguridad en nuestro país se debe, en buena medida, a la impunidad de los agresores y el castigo real de las víctimas. A raíz de este suceso, contó un caballero por la radio que salió en defensa de una señora asaltada precisamente en las Ramblas por un individuo, hubo juicio, la mujer no compareció y fue condenado a pagar las costas y a indemnizar con medio millón al agresor por los daños sufridos. Un taxista me decía desolado que repelió a un atracador que le había herido en el cuello con una navaja y le tiene que pasar todos los meses parte de su sueldo porque el malandrín aduce que le dañó la columna vertebral del puñetazo. Y es que los delincuentes de ahora carecen de dignidad, no poseen la mínima profesionalidad y no valen para nada. A una familiar mía, sin ir más lejos, se le presentó en casa la policía con un sujeto, le preguntaron si habían denunciado la desaparición de un coche, le pidieron los datos y le dijeron ante su estupor que el tipo era el autor del delito y qué quería que hicieran con él. “Eso lo sabrán ustedes y el juez; no es tarea mía”--respondió. Mientras, el tipo gritaba: “Señora, piense lo que dice que sé dónde vive, me he quedado con su cara y en una semana estaré en la calle” . Imagino que no se creerán tal despropósito que parece inspirado en la Guerra de Gila o en un desternillante “gag” surrealista. Pero es verdad. “¿Qué dicen ustedes a esto?” --preguntó la damnificada ante la amenaza proferida ante testigos tan cualificados como los agentes de la autoridad. “Pues qué quiere, señora, que la Ley está como está”. Y allí se despidió el duelo con la damnificada burlada, el garduño libre como un pájaro, y la policía, bien, por casa.

La impunidad aireada por las entrevistas de las cadenas de televisión, que dieron notoriedad a este energúmeno como si fuera un campeón y un cantante --en la calle, pese a contar con ficha y antecedentes--, alienta tanto el crimen como los vacíos legales.

Menos mal que, también en Cataluña, los viajeros de un ferrocarril se amotinaron contra un interventor que observó una conducta vejatoria con un ciudadano de color.

Ello restituye nuestra confianza en el género humano.

Darío Vidal

24/10/2007

 

       El energúmeno del metro (25/10/2007 00:30)