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Publicado: 20/10/2007


 

EL ODIO DE CAROD


No voy a salir en defensa de Carod Rovira porque no me lo ha pedido y porque no tengo ninguna afinidad con él. Pero el que ayer noche estuviese atento al programa de TVE “Tengo una pregunta para usted” posiblemente adivinase que en su radicalidad separatista y en la intransigente negativa a dejarse llamar en castellano, apuntaba un resentimiento muy próximo al amor. Carod atajó intemperante y airado a cierto interlocutor porque no tenía derecho a cambiarle el nombre llamándole José Luis ya que se llamaba Josep Lluís “aquí y en la China”. La pugnacidad de la respuesta, como la impostación de la prosodia enfáticamente catalana, no me digan que no es la de un amante despechado, un amante dispuesto a matar. Aunque fuera incapaz de sobrevivir a la muerte de la amada. Algo que en modo alguno reconocería.

Y en otras dos ocasiones por lo menos, dio las claves de esa actitud que a algunos nos parece incomprensible pero que debería movernos a reflexionar. La una cuando dijo que la respuesta a una nación que nos desdeña es separarse de ella, y la otra cuando una participante volvió a llamarle Losé Luis aduciendo que no podía llamarle Josep Lluís porque ni sabía catalán ni tenía interés en aprenderlo, añadiendo el desprecio a la descortesía. El debate en relación con el catalanismo, el nacionalismo y el independentismo no alcanzó cotas más elevadas porque se quedó en lo visceral, que es probablemente el nivel en el que arraiga. Pero dio suficiente munición a quienes piensan como ERC y a muchos otros. De modo que el líder de los republicanos catalanes replicó, con razón, que no entendía que su interlocutora pudiese pronunciar sin dificultad nombres como Schwarzeneger y Shakespeare y hallase alguna para decir su nombre. Ese es el que llaman nacionalismo separador y excluyente de los castellanos, tomando el nombre de España en vano, que según algunos mueve y da aliento al separatismo catalán. El centralismo francés que importamos a finales del XVIII y nos impuso Napoleón, no es un traje que nos venga a medida y ha sido causa de un desencuentro dramático de dos centurias.


LOS MARAGALL

Algunos nos atreveríamos a decir que quien menosprecia y desdeña una lengua también española, aunque el señor Carod no suscribiría probablemente la españolidad del catalán, es dudosamente español aunque sea castellano. Pero esa actitud forma parte de la reacción del amor contrariado al que nos hemos referido.

Pasqual Maragall, nieto de Joan Maragall –al que llaman “Maragal” los que no tienen dificultad en pronunciar “Dvorshak” para nombrar a Dvorak-- es un ejemplo de la radicalización del catalanismo, alentado por la miopía del excluyente casticismo centralista. No hemos aprendido que “el Ser puede decirse de muchas maneras” como anunció Aristóteles, y que España puede verse desde muchas perspectivas. Un catalán de los que los catalanistas llaman “españolistas”, que son y se sienten arriesgadamente españoles, tienen una visión de la patria común muy diferente a la de un manchego por poner un ejemplo, lo mismo que difieren en carácter. Pero cierta cerrilidad uniformista no entiende el amor en distintos idiomas. La Iglesia, mucho más inteligente que la Castilla que ha pretendido dejarnos a todos sin Historia propia, fundó su férrea unidad en la más fragante y abigarrada diversidad.

Un parlamentario de la decadencia dijo amargamente que “español es el que no puede ser otra cosa”; pues bien, muchos nacionalistas catalanes se duelen de que no les han dado opción de ser españoles. De ahí su rechazo, a veces radical, a reconocerse tales. Y también su rencor y despecho de amante desairado que ha llevado a posturas catalanistas, nacionalistas y separatistas.

El gran poeta Joan Maragall mostró su españolidad en el Himne Ibéric y su dolor en la Oda a Espanya escrita en 1898, el año del desastre: “Escucha España la voz de un hijo/ que te habla en lengua no castellana.../ te han hablado mucho de los saguntinos / y de los que mueren por la patria.../ yo quiero hablarte de modo muy diferente: ¿Por qué verter la sangre inútil? En las venas la sangre es vida; vertida es muerte...”. Y tras dolerse por su desamparo, termina con un argumento desgarrador: “No entiendes esta lengua que te habla entre peligros? ¿Has des-aprendido a entender a tus hijos? ¡Adios, España!” Una despedida que ha puesto por obra su nieto Pasqual desde la presidencia de la Generalitat de Catalunya.


LA NOSTALGIA DE ESPAÑA

Otro poeta cien años más reciente, como Salvador Espriú, uno de los más excelsos del siglo XX, cantó con nostalgia a Sepharad, como un hebreo sin tierra y con el dolor de quien añora a una madre. Ningún otro en su tiempo ha escrito un poemario como “La pell de brau” (La piel de toro) que es una elegía a la patria anhelada a la que no tiene acceso, mientras el toro en la arena de Sepharad embiste la piel alzándola en bandera. “Contra el viento, esa piel / de toro, del toro cubierto de sangre,/ es ya harapo endurecido por el oro / del sol, para siempre entregado al martirio / del tiempo, oración nuestra / y blasfemia nuestra./ A la vez víctima, verdugo, / odio, amor, lamento y risa, / bajo la cerrada eternidad del cielo.” El cielo que se cierne sobre la vieja piel de toro que el sol no puede secar por “la sangre que hemos vertido todos / (y) la que mañana verteremos”. Una premonición escalofriante cuando ni la ETA ni Terra Lliure habían comenzado a matar.

Lo dramático es constatar que esos testimonios de españolidad dolida se resuelven en despego y en rechazo hacia una España indiferente, miope, torpe, desdeñosa e insensible que no sé si tiene remedio.

Darío Vidal

18/10/2007

 

       El odio de Carod (20/10/2007 00:32)