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Publicado: 11/10/2007


 

LA LEY DE LA MEMORIA Y EL DIABLO


Creo que lo dije ya una vez. Tuve combatientes en los dos bandos y uno de los republicanos murió durante un bombardeo de los nacionales en el frente de Lérida. Una hermana suya y su madre –mi abuela Carmen-- se pasaron la primera posguerra peregrinando por la zona de pueblo en pueblo siguiendo su rastro y nada consiguieron.

Produce cierto rubor confesar estas intimidades que a nadie deberían importar, pero no es ocioso hacerlo antes de atreverse a denunciar en público eso de la entronización zapatera de la Memoria Histórica, más que nada para no dar la razón a quienes quieran llamarme fascista o pretendan insultar a mi familia por si lo hubiese sido. Si algo no desearía revivir es el desgarro esquizofrénico de mis primeros años, cuando me mostraban las fotos jugando con unos y otros.

Quiero proclamar el derecho a guardar cada cual su alma en su almario, el recato de recordar cada cual a sus muertos en silencio, la libertad de pensar que cada cual luchó para alumbrar un futuro más próspero y vividero –me refiero a la gente del pueblo y no a los políticos-- y a reconocer que después de muchas penalidades y avatares, finalmente lo consiguieron, tras una dictadura, muchas injusticias, algunos aciertos y un generoso pacto de reconciliación entre todos. Un difícil empeño que, después de mucho esfuerzo, mucho tacto, mucho tiempo, mucha generosidad y una decidida voluntad política, pretende arruinar el señor Rodríguez Zapatero con denodado entusiasmo, apelando al rencor de los unos contra los otros --casi extinguido-- y a los sentimientos más bajos e innobles que anidan en el corazón humano.

Cabe preguntarse por qué razón y con qué propósito alimenta el jefe del Ejecutivo la alimaña del encono y el rencor, que habían dado ya por zanjados, fatigados de tanto sufrir, los que lucharon y sus hijos.

No diré que ese empeño por dividirnos sea diabólico, porque habría que concederle un rango superior de inteligencia, una sutileza sibilina que no descubriría lo dañino del plan. Lo diabólico está orlado de prestigio intelectual mientras que esta torpe ocurrencia que está enfrentándonos no pienso que obedezca a una estrategia inteligente –deseo pensarlo por bien de su inspirador cuando menos-- pero sí que resulta una añagaza diablesca en la acepción más maligna y perversa del término; en lo más puro de su significado etimológico. Porque “dia-bolé” es el que desune, el que enfrenta, el que separa, el que “se empeña en mantener el enfrentamiento caótico del universo” (Germain Bazin) erigiéndose en Príncipe de la Discordia frente a la Armonía, que Arquelao definió como “la unificación de lo discordante”. Esto es, en aquello en que debería consistir la tarea mediadora del político digno de tal nombre.

Actuar como el Príncipe de la Discordia, sobre todo si es avivando el rescoldo y las pavesas, es, como mínimo, irresponsable, si no suicida. Eso cuando no tenga ribetes delictuosos. A no ser que nuestro aprendiz de brujo revele la verdadera intención de su iniciativa.

Darío Vidal

10/10/2007

 

       La Ley de la Memoria y el diablo (11/10/2007 14:59)