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Publicado: 04/10/2007


 

EL DILUVIO


La ficción tecnológica nos hace vivir con la ilusión de que hemos dominado a la Naturaleza. Puentes de varios kilómetros, muros imbatibles, altísimos edificios, potentes aeronaves, ingenios espaciales y siniestras armas de destrucción masiva, nos permiten soñar que hemos vencido a los elementos, cuando no hemos ideado mas que un “puzzle”, un “meccano”, un juego infantil de construcciones tan llamativo como vulnerable. Pero como “los dioses ciegan a los que quieren perder”, en esta esquina de mundo en que hemos progresado tal vez porque la Creación parece que ya ha concluido, tenemos la soberbia y la arrogancia de creernos a salvo de los rigores del clima y las catástrofes naturales.

Yo estuve en Ecuador –El Ecuador como dicen allí con razón-- al poco de ser barrido por El Niño y pude ver el espectáculo grandioso y sobrecogedor de una tierra en formación, los destrozos en provincias como Manabí, Azuay, Pichincha, Tunguraua, Napa, Pastaza, e incluso la aparición de un río de unos cuarenta metros de anchura en Chimborazo, hasta entonces inexistente, a pocos kilómetros de Riobamba. Y, aunque imagino que experimentarán cierta aprensión a creerme, vi cómo se había desplazado parte de una montaña e invadía “el carretero”, engullido abruptamente por una muralla de tierra, peñascos y árboles, que se elevaba hasta el cielo envuelta en una niebla espesa y húmeda, obligándonos a retroceder.

Aquí nos creemos a salvo de esas incidencias fortuitas porque nos hemos encaramado en la cúspide del poder político y tecnológico. Eso no reza con nosotros. Aunque este verano hemos sabido que en nuestro país varias personas han muerto heridas por el rayo, si bien en el campo no habían tenido ocasión de olvidarlo. Hace dos años un tifón arrancó de cuajo algunos olivares, sólidos como muelas del juicio, en Aragón. A finales de verano y naciendo el otoño, han conocido el Diluvio en Almuñécar primero y luego en Loja, Alcalá de Guadaira, en poblaciones de Granada y Sevilla, y algunas de Extremadura como Ribera, donde las avenidas han estado a punto de tirar al suelo el nuevo Instituto de Enseñanza Media, construido no hace mucho en lo que todos sabían que era el cauce de una riera.

Puede que parte de este desconcertante comportamiento de “Gea” se deba al controvertido cambio climático. Sin duda. Y esa es una culpa del hombre que el hombre esta empezando a pagar. Pero no es menos culpable de querer manipular los montes o los ríos –como en Nueva Orleans-- y los cursos de los torrentes y las ramblas, como sucedió en las famosas inundaciones del Llobregat en Cataluña, o los cauces secos por donde desaguan los montes como en el “camping” oscense de Ordesa. Porque con independencia del rigor de los elementos que parecen desatados, antes nadie se aventuraba a hacer una casita, y menos un edificio de pisos, en el camino del agua, y ahora sorprenden la buena fe de los vecinos ignorantes, ciertos constructores que no ignoran el riesgo del terreno en que edifican, y la rapacidad culpable de Ayuntamientos y ediles venales, logreros y trincones, que permiten lo impermisible a cambio de lo que saben, confiando en echarle la culpa al tiempo si algo sucede.

Pero cuando pecamos contra la Naturaleza en el castigo llevamos la penitencia.

Darío Vidal

04/10/2007

 

       El Diluvio (04/10/2007 01:44)