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Publicado: 28/09/2007


 

COMO MIL PALABRAS


El rostro preocupado y desentendido del Rey incinerado en imagen por los terroristas de Terra Lliure, los mismos que secuestraron e hirieron a Federico Jiménez Losantos y asesinaron a Bultó con una bomba adosada al pecho, contrastaba, en el acto de apertura del curso judicial con las miradas atentas, cómplices y nada cándidas con que le observaban el fiscal general del Estado Cándido Conde Pumpido y el ministro de Justicia Mariano Fernández Bermejo. ¡Qué dos patas para un banco!

El análisis de la imagen hubiese sido un buen ejercicio para los alumnos de Periodismo, como se hacía cuando los programas no lucían ropajes más o menos científicos para lucimiento de profesores ni se rendía culto de latría a Mc Luhan, Umberto Ecco y el panteón de los profetas de la Comunicación, y los docentes se aplicaban al humilde empeño de enseñar su oficio a los futuros informadores, haciendo que juzgasen imágenes, buscasen noticias y allegasen fuentes, y que fueran capaces de resumir un suceso en cuatro líneas sin omitir nada, o de “hinchar” la misma información hasta alcanzar un folio sin mentir.

Ahora no he oído ningún comentario sobre esa foto enjundiosa y dudo mucho de que alguien se haya parado a analizarla –y menos con propósito académico-- aunque no ha debido pasar inadvertida a la observación del lector perspicaz. ¿Qué culpas le alcanzan al Rey de que los dos partidos mayoritarios no renueven el Consejo General del Poder Judicial? ¿De que claves han sido poseedores, de qué secretos sabedores, de que intrigas conocedores los dos funcionarios de la Justicia, momentos antes de iniciar la ceremonia en que una asociación de magistrados iba a desairar al Monarca no asistiendo? ¿A qué apostaban en silencio mientras el común de los ciudadanos hacía cábalas?

El ministro y el fiscal general parecían apostados como cazadores al acecho esperando que la pieza estuviese a tiro, con emoción contenida y cierta actitud lúdica. Y la pieza pasaba reflexiva, seria y preocupada ante ellos, sin saber si se iba a producir el disparo ante la mirada resbalosa del primero y el gesto entre desvergonzado y vagamente canalla del segundo. ¿Qué pensaban, qué ocultaban, qué querían decir y que traslucía aquella compartida sonrisa cómplice, mientras toleraban sin inmutarse los insultos y la quema de la efigie del Rey, encarnación de la Constitución y de la legalidad?

Hay imágenes ruidosas como mil palabras.

Darío Vidal

28/09/2007

 

       Como mil palabras (28/09/2007 22:07)