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Publicado: 18/09/2007


 

RUMORES NOCTURNOS


Mi perrita tibetana tiene miedos nocturnos. Sus ocho meses de energía y curiosidad desbordante se vuelven todos cautela cuando anochece y empieza a percibir rumores y sonidos que no ubica adecuadamente. En cuanto se apagan las luces de la casa, toda ella es desazón, sobre todo si en lugar de recluirme en el dormitorio voy de una pieza a otra en busca de un periódico o en demanda de un libro. Entonces le acometen todos los temores porque se siente investida de una tarea que no cabe en su breve cuerpo de shi-tzú. Asume la misión de velar por mi, de modo que de nada sirve que pretenda llevarla en brazos, o que le susurre en voz baja palabras tranquilizadoras. Mira para un lado y otro del oscuro pasillo gruñendo amenazadora, tuerce hacia el recibidor, regresa, otea el salón, inspecciona la biblioteca, se vuelve hacia mi, tensa y crispada, y me mira como preguntando: bueno, y ahora ¿qué hago?

Ella, que es de natural traviesa como corresponde a su corta edad, pero tan dócil y apacible, se torna seria, concienzuda y agresiva al sobrevenir la noche. Está trabajando y no se permite ninguna negligencia. Es una actitud nueva que muestra el peso de la responsabilidad y del deber. Antes me parecía dotada de una razonable presencia de ánimo y hasta un punto audaz; ahora recela de todo. Tendré que preguntarle al psicólogo porque tal vez se trate únicamente de una manifestación del temor a la oscuridad que aqueja a todos los niños. Ella, con ocho meses –cinco añitos al cambio-- tiene probablemente los mismos miedos que yo a su edad. Y sueña. Como yo entonces. Aunque dudo que le atormenten los demonios, las brujas y los ogros como a mi. No sé qué pasará por su mente virgen de cachorro, por su cabecita blanca de ángel peludo, pero cuando no logro tranquilizarla después de ese estrés crepuscular, descarga su inseguridad y su tensión en la duermevela, con gruñidos en todos los tonos y tesituras y a veces, cuando apenas acabo de trasponerme, me devuelve a la realidad con un aullido agudo, cortante y crispado que me aúpa a dos metros de altura, con los dedos engarabitados como para asirme al techo. Pero no puedo reñirle porque veo que está dormida.

Ha conseguido, como una amante, que no me vaya de la habitación, que no trabaje de noche y de paso, que descubra la gama infinita de los sonidos nocturnos, sobre todo los que le sobresaltan. Se abren y cierran balcones, se activa el extractor del garaje vecino cada vez que se abre la puerta, hay un reloj de pared en alguna parte que da las medias y las horas mientras los vecinos se oponen a que suenen en los campanarios, alguien trastea en una cocina, cierto matrimonio deja escapar a techos el rumor de una discusión --Dios quiera que no pare en puñaladas y arreglen todo honestamente en la cama--, un insomne ve la TV y suenan varias radios a distinto volumen, algunas ocupadas por las consultas de corazones solitarios hasta la madrugada. No se oyen las de música clásica por ningún lado. Y casi todos los días, a las cuatro de la madrugada, oigo el vuelo ronco de un bimotor antiguo, tal vez del Ejercito, camino de no sé dónde. A veces desearía uno hacerse amigo del Diablo Cojuelo y “destapar lo hojaldrado del pastelón de Madrid” para ver vivir tantas vidas.

Oigo un ronroneo en la alfombra y un profundísimo suspiro. Esta chica se ha dormido.

Darío Vidal

18/09/2007

 

       Rumores nocturnos (18/09/2007 23:36)