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Publicado: 18/01/2007


 

VIDEOJUEGOS VIOLENTOS


Nos llega la noticia de que la Unión Europea va a prohibir en breve los videojuegos violentos. Una decisión juiciosa que nos hace concebir esperanzas por lo menos durante los instantes que tardamos a enterarnos de que van a prohibirlos solamente “a los menores”. Que es como no prohibírselos a nadie. Porque a ver quién le dice a un niño que ese fabuloso juguete en el que los enemigos saltan retorciéndose, mientras les ametrallamos en la pantalla, no se lo regalaremos el día de su cumpleaños.

La Unión Europea ha hecho lo que todos: un gesto, un amago para que todo siga igual, lavándose las manos como Pilatos. Igual que todo el mundo. Ni gobiernos, ni asociaciones, ni organizaciones de carácter religioso han movido un dedo, que sepamos, para denunciar ese aborrecible negocio al que no se oponen con decisión las asociaciones de padres, los pacifistas, y las delicadas señoras que denunciaban los juegos bélicos y las armas de juguete. Siempre la hipocresía.

Los niños en otro tiempo se zurraban la badana o se maceraban el cráneo a cantazos y sabían lo que era el dolor de una pedrada y el escozor de un mojicón porque en aquellas contiendas “salvajes” aprendían a medir sus fuerzas y a no pasarse con el enemigo porque aquello hacía daño. Y cuando alguien sangraba --¡que tampoco es para tanto!-- se interrumpía el juego, se compadecían del herido y aparecían todos los pañuelos --entonces no había toallitas 'kleenex'-- para restañar el descalabro. Pero al parecer eso era peor que estos juegos virtuales, con monigotes virtuales, sangre virtual y enemigos a los que hay que abatir con saña, sin compasión y sin tregua. Aunque haya una edad en que el cerebro de un niño no discierne entre la realidad y la ficción: un muerto es un tipo que no se mueve, ni sufre, ni se queja; un tipo del que no hay por qué compadecerse.

Supongo que no hemos olvidado que, cuando no podíamos imaginar lo que aquí esta pasando ahora y ya sucedía en Inglaterra, dos niños convictos de matar a un compañero explicaron candorosamente que lo habían hecho “para saber cómo se morían las personas”. Y hace solo unos meses, un escolar alemán mató, antes de quitarse la vida, a diecinueve profesores, con un arma de fuego en la localidad de Erfurd, como sucedió aquí con el chico de la 'katana' y con los protagonistas de cierto macabro juego de rol.

Los expertos de la Unión han caído en la cuenta sagazmente de que estos programas, según las estadísticas, incrementan los sucesos criminales entre los menores. Pero en un régimen de libre mercado tampoco es cosa de aguarles la fiesta a los honestos creativos que idean tramas, situaciones y escenas criminosas, aunque signifiquen –como se viene comprobando-- una implícita apología del terrorismo. “¡Donde está la libertad de expresión!”, clamarían los de la industria afectada, velando como siempre por la formación de la infancia y el derecho a una información transparente.

Por eso tal vez la UE se ha atrevido, sin atreverse. Aduce que es muy difícil de atajar. Pero si persiguiesen su producción y tratasen a los que difundieran esa basura por la red, como a los que comercian con pornografía infantil, resultaría muy sencillo.

Darío Vidal

18/01/07


 

       Videojuegos violentos (18/01/2007 00:56)