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Publicado: 13/01/2007


 

EL DIA 11 DE GUANTÁNAMO



Parece que el guarismo infausto, la cifra maldita del último tercio del siglo pasado ha sido el once: el 11-S de las Torres Gemelas, el 11-M de los trenes de Atocha, y el 11-E de la apertura del “gulag” de Guantánamo, que es la fecha que ayer deploramos. Porque no se puede celebrar, conmemorar, rememorar la fecha en que se puso en movimiento la máquina administrativa de tortura, sufrimiento, humillación, degradación implacable y anulación personal de la base naval estadounidense de Guantánamo.

Ayer 11 de enero se cumplió el quinto aniversario de ese horror exportado después por Donald Rumsfeld al complejo de Abu Ghraib en Iraq. La quinta vergüenza de unos procedimientos que si son espeluznantes aplicados a rivales culpables, en cualquier caso, resultan de una vesania inmunda, de una crueldad inhumana y de una maldad demoníaca, aplicados a personas arbitrariamente detenidas, sin razón, sin cargos, sin culpas y sin esperanza, esposadas genuflexas bajo el sol despiadado del trópico, enguantadas, con orejeras para privarles de audición, los ojos vendados, tapadas la nariz y la boca con mascarillas. Una obra perfecta de privación sensorial bajo el calor insufrible a la intemperie, privados los reclusos del tacto, privados del oído, de la visión, y sin el mínimo consuelo de percibir los olores del campo y la naturaleza, inhalando con una mascarilla el propio aire exhalado, hora tras hora, día tras día, durante cinco años.

En un informe reciente de organizaciones humanitarias y de la propia ONU, no se aplican ya los protocolos de las llamadas Técnicas Rumsfeld cuyo pormenor desconocemos, pero sigue impidiéndoseles dormir continuadamente, se acuestan en planos inclinados de cemento como los que tenían en las “chekas” de Madrid, los someten aleatoriamente a alternancias climáticas de calor y frío, y los dejan a la intemperie durante las torrenciales lluvias tropicales. Y eso que ahora 'viven bien'. Tal vez sea en atención a que solo 75 de los 395 detenidos tienen instruida una causa. Los restantes desconocen por qué están allí, lo mismo que sus carceleros y los más de setecientos reclusos que han pasado y muerto o desaparecido allí. La mayoría fueron 'vendidos por dinero' a los americanos por rivalidades personales como si fueran terroristas –alguno debía dinero, otro pretendía su novia, aquel le disputaba un terreno o una punta de ganado-- pero la mayoría han enloquecido. Y en cuanto a los carceleros, prolongarán su horror cuando regresen a sus aldeas opulentas del medio oeste en forma de delitos inex-plicables como después de cada guerra. Y los jueces los mandarán a la cámara de gas como después de cada guerra.

Nadie salvo cada uno de los que sufren tormento en ese infierno está legitimado para valorar si es preferible morir de una vez, o sufrir una muerte sin fin, una agonía interminable y sin descanso día y noche, sin siquiera la esperanza de acabar, durante cinco años interminables.

Cinco años o los que sean, porque, aunque el Tribunal Supremo de los Estados Unidos ha considerado no solo ilegales si también anticonstitucionales esas detenciones, el Jefe Supremo anunció el pasado 8 de diciembre que va a ampliar el penal con un módulo de 168 celdas más. Tal como ha sucedido con la petición de retirada de Iraq, a la que está respondiendo con el envío de 20.000 soldados más.

No se sabe si culpar a las instituciones incapaces de poner freno a estos comportamientos o a ese género de monarquía electiva capaz de hacer invulnerable a un ser inmaduro, de dudosa inteligencia y con muy discutible sentido de la realidad, que fue capaz de arruinar todos los negocios familiares que administró hasta que desembocó en la política, que lo tolera todo aquí como allí. Un personaje que no escucha a sus consejeros, a las encuestas, al sentido común, ni al rumor de la calle en la que ha descendido su popularidad a los niveles más bajos. Un político acrítico y autócrata, pagado de sí mismo y con vocación descaradamente totalitaria como demuestra su pretensión de burlar las leyes internacionales, de pasar por encima de las normas y de ajustar a su arbitrio la moral, negando cuatrocientos años de Derecho Internacional, ciscándose en la Convención de Ginebra, declarado exentos de su cumplimiento a sus “marines” y logrando que, el 8 de diciembre de 2006, el Congreso le confiriese personalmente “la capacidad de interpretar personalmente el significado y la aplicación de las normas internacionales para el tratamiento de los prisioneros”. Como si el viejo Derecho de Gentes pudiese ser cambiado unilateralmente por un miembro de la comunidad internacional pasando por alto estudios, jurisprudencia y civilización.

Este arrogante iletrado, caprichoso, desinformado, ignorante y audaz, con la arbitrariedad y la audacia que otorga el desconocimiento de las cosas, es el conculcador, el derogador, el demoledor de la convivencia entre los países. Y se jacta de representar a la democracia más poderosa de la Tierra, cuando es el inductor de dos guerras cruentas para las que al final no halló pretexto, el autor de los primeros bombarderos de Somalia para celebrar la Navidad, y el creador de las cárceles especiales de Abu Ghraib y de Guantánamo cuya existencia ayer deplorábamos.

Darío Vidal


12/01/07

 

       El día 11 de Guantánamo (13/01/2007 00:37)