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Publicado: 08/12/2006


 

LA LEJANÍA


La dispersión urbana de los puentes nos permite ver a la gente con mayor detalle; su huida masiva nos consiente observarla con mas detenimiento y más a nuestro sabor, porque somos menos. La densa multitud de la boca del metro se disuelve en individuos, los viandantes recuperan sus facciones y tornan por unos días a convertirse en personas: se hacen próximos -prójimos- y tornamos a experimentar el impulso de comunicarnos en lugar de escapar de ellos, como sucedía cuando los pueblos eran solo poblados por sus pobladores.

Si se tiene la determinación de trasponer la frontera del tedio uno de esos días en que la ciudad se vacía de ocupantes, y se logra contemplar a esos otros primates con corbata en libertad, vemos transcurrir la tarde desde el banco del paseo como un desfilar de guiños, muecas, mudas palabras inaudibles, coqueteos insinuados y risas que no tienen otro objeto que el de captar la atención. Mas por debajo de ese despreocupado aturdimiento que se desplazó hace mucho de los paseos de la ciudad -en los que ya no se pasea- al bullicio de los suburbios, me parece adivinar un perceptible sentimiento de soledad, que es el reverso de ese ocioso “dolce farniente”. A mi me parece que ya no somos capaces de observar a la comunidad como espectáculo, como fue en otro tiempo la presencia del forastero. Nos hemos vuelto seres lejanos.

Asidos al móvil como a un salvavidas, los más jóvenes y aún los niños -¡qué crimen!-, pretenden soslayar el encuentro con su realidad y sus propias carencias convirtiéndolo todo en pasatiempo para no sucumbir al aburrimiento. “¿Y eso de casarse, es divertido?”-, me preguntaba no sé si con candidez una muchacha adolescente.“¿Es necesario que lo sea?”-, le repliqué con perplejidad. Por lo visto, en este gozne de dos siglos, la razón última de las decisiones es estar entretenido. Y van los chicos con los chicos, o ellas con ellas, sorbiendo una lata de refresco, con un cigarrillo entre las manos y hablando por el móvil con un comunicante invisible, y lo que es más inaudito: parejas disparejas convertidas en asociaciones efímeras de silencios, que se comunican a distancia con terceros abortando lo que pudiera ser un vínculo profundo.

Queremos husmear, fisgar, olisquear y saberlo todo sin compromiso ninguno, pero carecemos de la precaución o la delicadeza de apagar el receptor que no cesa en su flujo de señales perturbadoras e interferencias.

Somos el paradigma de una galaxia que se está distanciando con los siglos: individuos que desearían no ser ellos y estar siempre donde no están; hacer lo que no hemos hecho ni nos apetece hacer, para no reconocer que no lo hicimos; gozadores de quienes no nos gustan y no pueden por ello proporcionarnos placer: aturdida masa insaciable de todo -o de nada- que no acierta a saber lo que quiere y qué le falta.

Una multitud de soledades harta pero insatisfecha, cada día más alejada de sí misma. Puro vacío.

Darío Vidal

07/12/06


 

       La lejanía (08/12/2006 01:57)