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Publicado: 21/02/2006


 

TRAICIONAR A LOS VENCIDOS



Se puede estar o no de acuerdo con las decisiones de los politicos; se puede discrepar o no de las opciones que escogen los que mandan. No importa: otra vez acertarán, o coincidirán con nuestro criterio, porque no sabemos si estamos en lo cierto. Pero cuando un gobernante decide siempre en contra de la opinión de la mayoría –o “la ciudadanía” como gustan decir algunos para hacer mas difusa la figura del hombre de la calle-, se equivoca aunque todos esten equivocados. Cuando menos politicamente. “Vox pópuli, vox Dei”, dijo adelantándose al espíritu de la Democracia, san Agustín. La voz del pueblo es la voz de Dios.

Y cuando las decisiones del que gobierna se perciben como una amanaza por los individuos, la comunidad los recibe con alarma. La excarcelación de los asesinos constituye un peligro para todos, porque los asesinables temen ser asesinados. La inhibicion y falta de rigor en materia de enseñanza y educación sentencia a viajar en el furgón de cola a la sociedad en un momento en que la competencia puede dejarla en la cuneta. La insolidaridad entre los territorios de la Nación quebrando los más alementales principios de la Democracia preocupan. La perversión de la Ley que tipifica el mismo hecho como una falta si lo perpetran las mujeres y un delito si lo cometen los hombres haciendo a unos “más iguales” que otros, en contra de la razón y la Constitución, inquieta. La relajación a la hora de aplicar la Justicia y el laxo criterio de algunos jueces a los que se les escapan los criminales por pueriles defectos de forma o negligencia en la mayor impunidad, intimida. La lenidad con los terroristas y la cobardía de los políticos de negociar la impunidad para los jefes de la banda por puro miedo, produce vergüenza.

Y sobre todo, el burdo cinismo orquestado desde las instancias de un Poder láico y agnóstico, exhortando a las victimas aterrorizadas para que expongan la otra mejilla a la vesanía criminal de los asesinos que matan, infaman, insultan, agreden, destrozan y amenazan, constituye un ejercicio perverso. Porque el individuo tiene la opción de olvidar, perdonar e incluso amar al que le insulta en la calle despues de haber asesinado a su padre, pero el Estado al que este ídílico y cristianísimo gobierno representa no tiene otra alternativa que hacer Justicia, hacer que se cumplan integramente las culpas, evitar que se puedan repetir, y poner todos los medios para que no se prepetren hechos criminales. Como decía ayer Rosa Díez en una carta a Zapatero publicada en “El Mundo”, el deslizamiento del PSE en el País Vasco es una infamia.

Cuando un Gobierno otorga el mismo rango jurídico a los victimarios que a las víctimas es porque les da la misma consideración moral a unos que a otros: lo mismo que practican los terroristas.

No hablemos ya si a la desazón y la incertidumbre de la sorpresa diaria se añade la certeza de que todos los pasos que da el Ejecutivo van enderezados a la destrucción del Estado que debiera defender. Eso es una traición. Una traición para el país que depositó la confiaza en su palabra y sobre todo una traición para los propios correligionarios asesinados que han sido burlados porque no se ha reconocido su lealtad y su sacrificio. El Gobierno de la Nación no puede ser su mayor fuente de alarma social.

Darío Vidal

20/2/06


 

       Traicionar a los vencidos (21/02/2006 10:04)