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Publicado: 11/08/2005


 

LA LECCIÓN DEL CIGARRILLO


No se si se han dado cuenta pero este verano apenas se ven fumadores. La vasta campaña de acoso a los adictos -más allá incluso de lo razonable- ha dado unos resultados sorprendentes. Cabría preguntarse por qué padecemos lacras más alarmantes y nadie se propone erradicarlas. Y es que me temo que nadie tiene interes en mover un dedo.

El tabaco es un hábito, un vicio, un placebo y una adicción tanto orgánica como psicológica. Una costumbre de muchos años. Y está siendo extirpando de tal modo que estos días me llamaba la atención ver a alguien fumando por la calle. Cabría suponer que otros hábitos que además de más recientes no comprometen la economía del organismo ni crean dependencia tales como la mala educación, el desprecio a los demás, el atolondramiento y la negligencia que tantos incendios provoca en los bosques, además de la conducción inconsciente, se corregirían aunque solo se dedicase a ellos la cuarta parte del tiempo, que a al desprecio, el insulto, el puñetazo, el balazo, la violencia y la conducción enloquecida de las persecuciones en la TV que los adolescentes pretenden imitar.

Si Dios nos sigue amando, acaso nos disuada -ya que los que mandan no parecen dispuestos a hacerlo-, volviendo ociosas las palabras frente al puñetazo, consintiendo que la calle este en poder de la delincuencia para que descubramos el infierno, y condenando el automóvil a su extinción por culpa de quienes se oponen al uso de combustibles limpios y baratos ya existentes, sólo porque no los controlan. Esos repugnantes holdings gangsteriles terminarán asfixiándose presos de su avaricia, como el Rey Midas hambriento porque hasta los bocados que se llevaba a la boca dejaban de ser comida para convertirse en oro.

Pero el caso más vergonzoso y flagrante de cínica complacencia con el Mal lo da la Dirección General de Tráfico y por supuesto el Ministerio del Interior, que no desean evitar la muerte en la carretera como se ha puesto de relieve en las nuevas normas de Tránsito, sino transmutar los cadáveres en oro.

Decía Napoleón que cuando se desea aniquilar a una comunidad por el terror basta con promulgar leyes que no se puedan cumplir y castigar severamente a los infractores. No es preciso hacer más. Respecto a la eficacia de las nuevas ocurrencias que ha propuesto el inefable Pere Navarro, la realidad ha dicho la última palabra: los accidentes y los muertos que seguían su curva ascentente, se han disparado. Pero la incompetencia o el cinismo no bastan para remover a nadie de su cargo.

Lo que va a penalizarse arbitraria y ferozmente con más de cincuenta mil pesetas de multa por falta grave -lo digo así para entendernos- es haberse retrasado en el pago de la ITV, renovar el carnet fuera de plazo que no son un peligro para nadie, y no llevar el cinturón que tampoco constituye un riesgo para terceros, en el caso de que lo sea para quienes no se lo ponen, que según mi experiencia está por ver.

Este desbarajuste de corte surrealista me ha hecho recordar el nombre de cierta calle que descubrí en un pueblecito estos días. Se llamaba ''la Cuesta de la Bajada'', que es una sabia expresión de agudeza y de retranca, de humor y de ironía que reconcilia con el talento natural de nuestra gente.

Darío Vidal

16/08/05

 

       La lección del cigarrillo (11/08/2005 15:39)