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Publicado: 31/07/2005


 

CEÑOS COLÉRICOS


La crónica de Sucesos gana las portadas día a día, en todos los periódicos. Los delitos de sangre y la crueldad sin límites se ha asentado en la realidad hasta ocultar otros sucedidos que dejan de ser noticia. Hablaba hace unos días del efecto perverso del delito más allá del mero hecho delictivo y no hay más remedio que volver a ello. Esa familiaridad con la maldad nos insensibiliza respecto al crimen y engendrá además una desconfianza y un estado de alerta que evoluciona hacia la ira suscitando reacciones precipitadas y con frecuencia injustas. Es penoso pero explicable. Si se amenaza a un ser vivo, se apresta a luchar y sus glándulas secretan adrenalina para prepararlo a la defensa o el ataque. Pues bien, esa es la coyuntura en que vivimos. Si usted se dirige en la calle a una persona distraída le mirará con sobresalto, le observará recelosa y adoptará una actitud defensiva; si es una mujer es posible que de un paso atrás y proteja el bolso con los brazos; si es un niño probablemente echará a correr. ¿Merece la pena vivir en ese clima de sospecha? ¿Que obtenemos a cambio de este modo de existencia? ¿Que nos ofrece la sociedad como compensación?

El ser humano es un simio mimético, un primate que aprende imitando y por consiguiente se conduce según pautas que adquiere por impregnación. No es que sea un ser angélico, pero si se le ofrece una sonrisa la devuelve con alivio porque es siempre más gratificante y más cómodo relajarse que andar crispado y alerta. El otro día, andando con un amigo me preguntó riéndose: ''¿Te has dado cuenta de que en muy poco tiempo ha aumentado el nivel del cabréo nacional y que vamos todos con cara de mala leche predispuestos a saltar por lo que sea?'' Era verdad. Aquel talante que hizo a esta tierra acogedora ha cambiado por completo. ''Esto es el desarrollo, la civilización, el nivel de vida -añadió con sarcasmo- ¿tú crées que merecía la pena?'' ''No se te ocurra decir eso porque te van a decir retrógrado -le advertí-: la censura existe''. Y él me hizo algunas observaciones sobre el nivel de vida y la calidad de vida.

Un verano de hace años, cuando estaba intentando restaurarme del ajetreo urbano, me preguntaba un sabio hombre de pueblo, cuando los pueblos lo eran, que quién creía que gozaba más de la vida si sus primos que habían ido a Madrid y lo tenían todo sin poderlo gozar o él que se encontraba con amigos y conocidos cuando iba al banco las mañanas y tomaban un cafecito, y al mediodía se veían para el aperitivo, y al atardecer salía de cañas o vinos según la estación, aunque no tenía coche ni falta que le hacía. ''¿Pero qué haceís aquí todo el año?'',- le preguntó un veraneante exquisito. ''Pues chico -le dijo con fingida ingenuidad- lo mismo que los ilergetes: nos dedicamos a la caza, la pesca, el merodeo y el apareamiento. Pero además tenemos teléfono, periódico, radio y TV. ¡Y tren! ¿Haces tú mucho más?'' Todos rompimos a reír porque cuando sus primos y los miembros de la tribu urbana quieren pisar hierba o lanzar la caña, han que hacer trescientos kilómetros y además pagar peaje.

Supongo que como sus hijos irán a la Universidad, vivirá ya en una ciudad -o la ciudad habrá llegado al pueblo- y hubo de instruír a sus hijos para que no se fíen de su sombra, no frecuenten lugares muy concurridos, ni ayuden a los que no conozcan. E irá como todos con cara de mala leche, con perdón. El crimen y el progreso nos han arrebatado el paraíso.

Darío Vidal

31/07/05

 

       Ceños coléricos (31/07/2005 23:44)