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Publicado: 28/07/2005


 

CANÍCULA


Un zahorí meteorológico se atrevió a decir ayer que habíamos hecho cima en la canícula y que iba a refrescar. No le dí crédito porque aunque hayamos sobrevivido a las Parrillas de San Lorenzo, los caballos de Febo pueden dejarnos los campos como los de Atila de aquí a la Virgen de Agosto.

Sin embargo al atardecer me hizo concebir alguna esperanza una arañita de agua que braceaba tejiendo su hilo delante de mi nariz con audaz insolencia. Fué difícil verla porque era mínúscula y transparente como de cristal de Murano pero creí su mensaje y ha cumplido. A primeras horas de la tarde ha llovido con algún breve entusiasmo, mientras el cielo daba salvas y lanzaba alguna piedra para que no olvidásemos el aciago verano de 2003 que convirtió los tejados en ''tierra batida'' para los campos de tenis. Mas la araña era tan mínima que no podía preludiar un aguacero. He tardado sólo un instante a darme cuenta de que el calor no cesaría tras el vivificante paréntesis de viento fresco que traía la lluvia, al percibir que se abatía sobre la tierra un silencio de vacío, espeso y ominoso como si el mundo estuviese hueco, en lugar del previsible alborozo de la tierra, la algazara urgente de los gorriones, el delgado piar de las golondrinas, el chillido prolongado de los vencejos, y los plurales, sordos y aparentemente imperceptibles rumores del campo. Así es que la biblioteca se ha ido llenando de un inquietante olor a hoguera, de un alarmante hedor de papel quemado.

De todos modos no esperaba yo cambios rotundos porque no vi en primavera que los brotes nuevos de las vides apuntaran al cielo, que es con el de las lunaciones uno de los saberes arcanos y mágicos pero infalibles que fuí aprendiendo cuando huí de la ciudad, como el misterioso e inexplicable frescor del agua del botijo que desdeñamos por anticuado y rural, pese a que hace más refrescante el agua que bebemos, alentados por la soberbia de los intelectuales y los físicos que niegan realidad a cuanto ellos no entienden.

No es culpa de ellos. Los humanos somos lo más irracionalmente racional que pueda haber creado Dios o el Diablo y nuestras más frías reflexiones están anegadas de sentimientos sin que nosotros lo advirtamos, por no hablar ya de la lógica política. Ha habido científicos perseguidos por católicos o luteranos en el nombre de la fe, y algunos como el genial Miguel Servet tuvieron el privilegio de ser perseguidos a la vez por la Inquisicón Romana y los Calvinistas que lograron atraparlo para transmutarlo en humo con leña humedecida en la colina ginebrina de Champel.

En fin, que estamos locos. O lo somos. Tanto como para plantear una votación en el Parlamento con objeto de dirimir si Dios existe o no, como sucedió durante la República, dando la vuelta a aquella cruenta piedad homicida, de modo que desde entonces los españoles somos oficialmente ateos porque triunfó el ''no'' con margen suficiente.

Nadie tiene información ni datos para imponer su opción en tal materia, pero someter a plebiscito no las alternativas de actuación sino la realidad o las creencias es no entender la Democracia porque sería tanto como someter la existencia de la gravitación universal al resultado de una elección.

Bueno. Seguramente me he perdido. Dísculpenme. Debe ser cosa del calor. Mi única esperanza radica en el hallazgo de una araña porque la arañita nos la ha jugado.

Darío Vidal

28/07/05

 

       Canícula (28/07/2005 18:38)