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Publicado: 26/07/2005


 

NO ATERRORIZARSE


He escrito muchas veces que lo peor del crimen no es su anécdota por muy cruel que sea, sino su huella, la cicatriz que deja. Cuatro muertos en una riada producen dolor, compasión y cercanía; cuatro muertos en un atentado generan dolor, pero también indignación, odio y deseo de venganza. Eso bastaría para hacer repugnante el crímen, que alimenta los peores y más bajos sentimientos. Aunque hay algo más grave: que la desconfianza, la cautela y el resentimiento se cronifican, y eso afecta a la sociedad y a los individuos, porque alteran sus hábitos y establecen recelos que les distancian. El crimen deshumaniza hasta a las víctimas porque les priva de la idea de fraternidad y del instinto de asistencia y apoyo. Las víctimas son seres doblemente mutilados si no son ángeles.

Esa es la razón por la que un atentado se me antoja una de las formas más abyectas y extremas de maldad, y por qué postulo una prevención y una represión que no agrande ese horror ni prive al común de los ciudadanos de los beneficios y las libertades que la civilización les ha otorgado. Si para prevenir un mal se crean dos dando a los policías ''licencia para matar'', los ciudadanos pacíficos habrán perdido la libertad, la confianza en los agentes del orden, y la seguridad. De modo que acabarán temiendo más a quienes supuestamente les defienden que a quienes les atacan. Y eso sí que es un éxito de la inseguridad y el terrorismo con el que no habían contado los asesinos.

En esto como en tantas cosas podríamos dar ejemplo los españoles, y nuestra policía lecciones de serenidad, temple y eficacia. Pero hasta ahora hemos sido pobres y a los pobres no se les pide opinión. Lo malo es que nuestros políticos, poseídos por un inaceptable sentimiento de inferioridad como lo estuvo Aznar, no se atreven a dar un consejo a personajes como Bush, que creo que fué el último en darse cuenta de que el terrorismo es un género de guerra sin fronteras en la que no sirven de nada la aviación y los tanques.

Este género de guerra exige no sólo imaginación para intuir las reacciones y movimientos del enemigo, sino también fantasía para ahorrar vidas e idear estrategias desconcertantes. Por ejemplo, la baza del terrorismo en general es el miedo, y la del específicamente islamista el desprecio del criminal hacia su propia vida, pues piensa que si muere en el atentado irá derecho al cielo. ¿Qué pasaría si no les dejásemos morir? ¿Qué sucedería si se les detuviera sin un tiro y fueran a la cárcel para el resto de sus vidas? El episodio de Londres con tres hombres disparando a la cabeza de uno caído en el suelo, indefenso e inocente, es revelador de una actitud miserable y torpe dictada por el odio, porque nada podía hacer en aquella postura. Y si hubiese sido terrorista valía más vivo que muerto. Tony Blair acaba de deplorar públicamente la muerte del jóven brasileño Jean Carles de Menezes en el metro de Londres, después de que el jefe de la Policía Metropolitana, Ian Blair, haya repetido cien veces lo mismo y asegurado que sus hombres seguirán disparando a la cabeza de los sospechosos. En Londres, pués, ya han ganado los terroristas. En una encuesta reciente se descubre que los adolescentes musulmanes experimentan una creciente fascinación por estos idealistas valientes que dan la vida por su causa, en una sociedad de descreídos. Y eso es enormemente grave. Piensen. La munición paralizante evitaría víctimas, favorecería los testimonios, disiparía la atractiva aureola de heroísmo, y acabaría con la esperanza de redención eterna por la muerte.

Darío Vidal

25/07/05

 

       No aterrorizarse (26/07/2005 00:03)