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Publicado: 23/07/2005


 

CUARENTA GRADOS


Cuarenta grados. En África, los veteranos se reían cuando los oficiales decían a los reclutas en clase de Teórica que el hombre no podía sobrevivir a tal temperatura. No habían sobrevivido ellos poco en el desierto. Qué remedio. Escarbaban en el suelo para darse sombra, hundían pajas en la arena hasta hallar humedad y sorbían por ellas algo que creían que les aliviaba y les daba consuelo. Algunos se ponían prendas de lana para aislarse, como los saharauis. Pero no se morían. Casi nadie. A veces alguno tenía dolor de cabeza, convulsiones y fiebre alta, y se abrasaba en unas horas, pero no era lo frecuente.

Cuarenta grados. Una quemazón salvaje en que se evapora el aire y ya no queda oxígeno que respirar. La gente se tornaba huraña y retraída como si se aprestase a sobrevivir contra todos e hiciera acopio de todos sus recursos. Ese calor es la soledad. Pero eran temperaturas que no se atrevían a trasponer el Estrecho. Tampoco lo sabíamos. Algunas tardes, cuando de niños bajábamos al río entre el monótono estridular de las chicharras y el aire nos quemaba en la boca, sentíamos un súbito escalofrío y un cosquilleo por los labios. ¿A cuanto estábamos entonces? Nadie lo sabía. Aunque, de todos modos, es mejor no vaticinar lo que somos incapaces de evitar. Las autoridades británicas alertaban días atrás de que se esperaba un nuevo ataque terrorista. ¿Para qué? ¿Hubiesen autorizado a no comparecer en su trabajo al que alegase terror invencible a tomar el autobús o el metro? Pues si no es posible escoger ¿a que alarmar a la gente? Que trabaje la policía y que evite las consecuencias. Nada más.

Sucede lo mismo con el calor. Vientos africanos y olas de calor sahariano alegremente profetizados tienen el efecto de hacernos sudar antes de tiempo. Está mal que yo lo diga pero hay noticias que es mejor ingnorar y ésta es una de ellas. Otra cosa es anunciar un ''tsunami'', prevenir un tornado, o alertar de una avenida que anegará los campos, para que dé tiempo a huir. Pero aquí que el tiempo no nos turba con grandes sobresaltos, es mejor ignorar los pormenores.

Aseguran que ayer fué el día más torrido del verano, pero no me enteré porque no oí los boletines y me cogió desprevenido. Sin embargo nadie ponderó los 44ºC que medí en mi observatorio un día de la pasada semana. Un día horroroso en que se ausentó el aire y me informaron además de que los niños habían cogido una piojina en las Colonias. Pobres criaturas. Una piojera a más de 40º es como todas las plagas de Egipto juntas. Y no nos habían avisado.

Un quince de agosto de hace dos veranos contemplamos un tornado en primera fila, porque fué desplazándose a un kilómetro del caserío, de NO a SE. Debió ser el primero de su historia y no salimos malparados porque no cogió a nadie en los campos, pero ninguno avisó para prevenirnos aunque arrasó varios montes y no pocos olivares centerarios. (¡Pero aguarden un momento! Boletín Meteorológico. ¡Otra ola de calor!)

Otro invasivo e inervante ''tsunami'' térmico que nos alterará el carácter y volverá a agriarnos el humor, lo mismo que comienza a picarnos todo el cuerpo desde que nos anuncian los parásitos de los niños. Háganme caso, no oigan estas noticias, no se enteren ya que nada pueden hacer. Dios del cielo. Más de 40 grados centígrados. Cómo no hemos de asfixiarnos, irritarnos, gruñir y desbarrar. ¡Cómo no vamos a andar acalorados si estamos casi a la mitad de los valores en que hierven el agua y el ángulo recto!

Darío Vidal

23/07/05

 

       Cuarenta grados (23/07/2005 02:01)