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Publicado: 20/07/2005


 

CAMBIAR DE NOMBRE A ESPAÑA


El que avisa no es traidor. Los que llevan la cosa del deporte catalanista en la Generalitat ya dijeron hace meses, en el curso de una competición exterior de hockey sobre patines, que si los equipos catalanes no podían disputar trofeos internacionales porque se les consideraba españoles, que se le cambiara el nombre a España. ¡Puro surrealismo daliniano! A mi me encanta el sentido del humor. Lo feo es que renieguen de su familia y además quieran enfrentarse a ella. Pero, en fin, ya crecerán y se harán mayores. Aunque a lo peor cuando se hagan mayores están fuera de casa.

Ahora ha surgido otro político -y esta vez no es de ERC- que propone la misma solución para cuando se produzca esa independencia que Zapatero fía tan próxima. Lo que no es de extrañar cuando a algún ministro de su Gobierno de dudosa extracción le oímos hablar de Estado Español, que era una expresión hasta ahora marginal. El señor Maragall quiere que España tome otro nombre para que cuando Cataluña se escinda pueda seguir perteneciendo al espacio español a efectos de ''marketing'', del mismo modo que existe una Península Ibérica que acoge a dos países, porque España es una marca registrada desde hace quinientos años y no es cuestión de despreciar esa imágen, aunque esté poblada de Cancioneros Gitanos, Guardias Civiles -sin tricornio porque se los quitó Narcis Serra, otro que tal baila-, flamencas, ''maletillas'', gitanos de verde luna, tablaos y corridas de toros, seguramente sólo autorizadas para turistas, que ''París bien vale una misa'' y la pela es la pela.

No beneficiaría a sus intereses una Cataluña frente a España. Lo prudente es que su nombre denomine una abstracción como la Hispanidad. Se trata de que la palabra España dé nombre a un espacio simbólico en que quepan todas las otras autonomías agrupadas en un nombre distinto al de España, como por ejemplo ''Castilucía'', y una Cataluña que sin ser España estaría en España a determinados efectos. No sé si me entienden, o les entienden por mejor decir. No es fácil, lo reconozco. Porque la independencia de los separatistas catalanes es una rara aspiración que consiste en un estar sin estar, o un no estar estando, que han expresado reiteradamente no ya desde los partidos sino desde la propia Generalitat, en su voluntad de tener no ya unas atribuciones razonables que juzguen suficientes, sino más competencias que los demás. No me lo invento. El propio Maragall, probablemente en uno de sus frecuentes episodios de destilada turbación vespertina, ha manifestado algo que nadie se había atrevido a desvelar antes, aunque estaba anunciado en su idea de ''autonomía asimétrica''. Cataluña es más y tiene que tener más autogobierno que los demás, que es lo mismo que acaban de decir los valencianos aunque mirando desde abajo: ''Valencia no tendrá una atribución menos que el que más''.

Imagino que si alguien nos quiere -o nos quería como aseguran nuestros hermanos de América-, sentirá vergüenza ajena por esta pugna ridícula de patio de colegio. La pretensión inmadura no ya de estar bien, sino de estar por encima de todos revela un espíritu caprichoso de niño malcriado, del que ha nacido el engendro de ''Galeusca'' enfrentada a ''Castilucía'' flotando en un espacio vago, vacío, conceptual y abstracto llamado España. De esa vocación contradictoria y pueril arranca la desorientación creciente y contagiosa que está desmoronando a esta nación como si estuviera sobre una termitera.

Darío Vidal

20/07/05

 

       Cambiar de nombre a Espaņa (20/07/2005 00:32)