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Publicado: 18/07/2005


 

EL CRIMEN DE INCENDIAR


Amanece el lunes y mientras España arde por los cuatro costados nos llega desde Alcolea del Pinar (Guadalajara) la más triste noticia. El incendio que la tarde del domingo cercó a dos brigadas forestales que se arriesgaron a combatirlo desde el lugar más conveniente pero más expuesto, ha acabado con once de ellos y tres más se dan por desaparecidos. Por lo que cuentan, el viento roló de súbito y arrastró el fuego al encuentro del frente principal tan deprisa que los equipos no pudieron ponerse a salvo.

Se oyen por la radio los testimonios de los vecinos. Las mujeres sollozan. ''Impotencia, eso es lo que sentimos: impotencia y rabia. Cuando avisamos nadie parecía creernos y al hacerse ingobernable seguían sin aparecer. ¿Para qué están? Muchas promesas, muchas palabras, muchas sonrisas, muchas palmadas, pero no han cumplido nada ni han limpiado el monte. Se ha quedado todo en unos rótulos de senderismo. Nada más'' ,-decía una muchacha. ''Pudo atajarse el mismo sábado cuando se declaró, pero no se pusieron los medios. El domingo vinieron dos aviones y no volvieron -se lamentaba otra mujer-. Nos han dejado solos. Hay que dar las gracias a los vecinos de los pueblos, casi todos mayores, que están trabajando con un empeño y un valor que no podremos olvidar, sin bombas, sin apoyo, sin agua, sin alimentos y sin dormir ni descansar en dos noches, mientras nosotras les subíamos cubos que ya no servían para nada. Luchan con palos, con ramas de retama, de aliaga, de romero, y ya no pueden más. El fuego avanza sin control y eso desmoraliza mucho. Estoy desalentada. Mientras llevamos viajes de agua no hacemos más que llorar. ¿Dónde está el Ejército que no ha aparecido?''

Amanece un lunes de verano, que nos trae no solo la sangría del tránsito sino también esa atrocidad de la lucha contra el fuego en pleno bosque, que no se puede olvidar si se ha vivido y que un testigo describía de modo gráfico y certero. ''Los pinos parecían cerillas y sus copas iban estallando una a una por el calor de los que ya ardían''. Es la imagen más vívida que guardo de la primera vez que bajé a sofocar un incedio en las caídas de ''Bab Sebta''. Tiempos airados, alegres y despreocupados en que nos creíamos inmortales, como tal vez se juzgaban estos jóvenes generosos que acaban de perecer, unos abrasados y otros que tal vez no se encuentren nunca, fundidos con la tierra que quisieron defender. También aquellos incendios eran provocados, pero dentro de su estupidez eran acciones de guerra del Rey de Marruecos nuestro amigo, en tanto que ésto es efecto de la ocurrencia homicida de un cretino irresponsable, de un imbécil enterado de los que lo saben todo, al que le dió el aire de hacer una barbacoa ciscándose en advertencias y prohibiciones, porque ''yo ya sé lo que hago''.

Los que incendian los bosques ya no son inocentes ni puede alegar ignorancia porque prender fósforos está prohibido. Mas son seres huidizos, incorpóreos, inaprehensibles y etéreos, que no son habidos pese a que quemar un bosque sea extinguir la vida, arruinar familias, despoblar aldeas y destruír paisajes centenarios que nos pertenecen a todos y no al pirómano. ¿Se imaginan a los políticos si estos muertos fueran víctimas de un acto terrorista? Pero nadie investigará a los culpables de esta catástrofe. Descuiden.

Es inexcusable acabar con los acabadores de la Naturaleza: atentar contra el medio que nos sustenta es un crimen y una insensatez.

Darío Vidal

18/07/05

 

       El crimen de incendiar (18/07/2005 04:05)