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Publicado: 17/07/2005


 

EL ROSTRO DEL MAL


Probablemente morir no es tan horrible como enfrentarse a la faz de la maldad, descubrir las facciones del odio. Comenzamos a intuírlo ahora, cuando el trato repetido con el desgarro y la sangre de la hecatombe de inocentes, nos ha hecho desterrar la ingenua creencia de que los que matan tienen rostro de asesinos, porque ''la cara es el espejo del alma''. Ahora sabemos que no es cierto. Hemos aprendido que un psicópata no tiene por qué ser hosco de trato y puede cedernos el paso, desearnos buenos días, ayudar a un ciego a cruzar la calle y ser el más cortés y afable del barrio. Por eso esta vesanía diabólica está haciéndonos pagar un precio más caro que la vida: está enseñándonos a desconfiar, a dar la espalda a los desconocidos, a no dejarnos cautivar por la sonrisa que pudiera dejar el corazón desguarnecido y asequible para un un nuevo afecto. Aunque somos conscientes de que blindar el corazón a la amistad y tornar el trato inhospito y distante es condenarse a la soledad. Y así no merece la pena vivir.

No sé si el mal absoluto es más o menos fácil de lograr que el vacío absoluto en la cámara neumática del laboratorio de Física. Ignoro si es posible sobrevivir en ausencia absoluta de amor, pero si el diablo fuera capaz de extirpar todo vestigio de bondad de un espíritu humano pensaría en dos vacíos, dos simas, dos abismos. El uno, aquel etarra que asesinó precisamente al anciano que le había salvado la vida con grave riesgo de la suya hacía años, cuando niño, y no vaciló en empuñar la pistola que le facilitaron sus jefes para darle un tiro en la sien cuando regresaba a casa. El otro, el marroquí Abdenneri Essabar, que según se supo ayer no impidió que Sanae ben Salah, una preciosa niña de trece años hija de una tangerina llamada Jamila a la que se unió en segundas nupcias, tomara el tren en Alcalá de Henares la fatídica mañana del 11 de marzo de 2004 para ir al colegio Juan de la Cierva de Madrid como el resto de las jornadas.

Jamila va a verlo diariamente a la prisión de Soto del Real desde que fué detenido hace un mes, y se niega a aceptar que sea culpable de la muerte de la pequeña porque, según dice, la quería como si fuera suya hasta el punto de que le ayudaba a hacer los deberes, y tampoco era un musulmán demasiado piadoso pués incluso bebía pese a la severa interdicción del Islam, así es que es imposible que sea un integrista. ''¿Cree que le miraría a la cara si sospechase de él?''

La policía sin embargo tiene otra opinión después de meses de pesquisas y averiguar que ayudó a escapar de España a Mohamed Afalah uno de los autores materiales del atentado que al parecer se suicidó el pasado mes de mayo en una acción terrorista en Bagdad; que se ha dedicado a reclutar ''muyahidin'' y a trasladarlos a Iraq para que matasen, y que se hallaba a las órdenes del peón de confianza de Rabei Osman ''El Egipcio'', Mohamed Larbi ben Sellam, quien en una conversación telefónica intervenida opinaba que ''no es preciso irse hasta Afganistan para hacer la 'yihad', ya que también se puede ser 'mártir' en España o en Marruecos''.

Por eso sugería al comienzo que morir no es tan horrible como enfrentarse a la faz de la maldad; que no es tan malo como descubrir las facciones del odio o el tacto helado del fanatismo capaz de asesinar sin remordimiento, sin pasión y sin odio. Es seguro que Jamila escogería haber muerto, si termina admitiendo que Abdenneri acató sentenciar a su niña porque carece de alma.

Darío Vidal

17/07/05

 

       El rostro del Mal (17/07/2005 00:41)