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Publicado: 15/07/2005


 

MUERTOS DE PRIMERA


No pretendo entablar una macabra competencia entre atentados. No solo sería pueblerino sino monstruoso. Pero un comentario que oí anoche en cierta emisora me sugiere alguna reflexión. Decía el interviniente que el horroroso atentado de Londres ha puesto de relieve que los muertos británicos son más muertos que los españoles. Y es cierto. Lo mismo que los asesinados en cualquier lugar de Europa son más víctimas que las que origina una bomba igual de injusta, miserable y destructiva en un mercado de Bagdad. Y eso no solo porque, según las leyes de la noticia que les explican a los estudiantes de Periodismo, genera más interés y empatía lo más próximo, sino también porque aunque repugne reconocerlo, hay occisos civilizados, limpios y aseados cadáveres de primera, y desdeñables finados harapientos con tan baja renta per cápita que no tienen dónde caerse muertos.

La reacción de las naciones tras los atentados de Madrid fué conmovedora solidaria y sincera, pero los cincuenta y dos muertos y setecientos heridos de Londres han pesado más que nuestros ciento noventa y dos muertos y los mil quinientos heridos. Desde una perspectiva sociológica es por completo coherente puesto que el rango de los ciudadanos se corresponde con la credibilidad, el prestigio y la fuerza del país al que pertenecen. Cuando los Estados Unidos por ejemplo despliega su diplomacia y los recursos de su Flota en defensa de un desconocido retenido por un gobierno en cualquier lugar del mundo, no lo hace como es obvio por él sino por el prestigio de la nación, aunque eso le dé pretexto para proclamar con orgullo que es ciudadano de los Estados Unidos de América lo mismo que quien agita un salvoconducto. Cuando ciertos politólogos instan a recuperar la imagen internacional ante la mirada atónita de Moratinos el del Moro, no apuntan, según creo, a un patriotismo de soflama sino al derecho a tener muertos -y sobre todo, vivos- de primera.

Imagino que todos hemos necesitado alguna vez una gestón consular estando fuera, pero el que espera hallar a un compatriota que le oriente, tropieza con una mirada inamistosa y hostil que nos recuerda aquella atroz sentencia del '98 según la cual ''español es un señor que no puede ser otra cosa''. Si no somos iguales vivos ¿cómo van a ser iguales nuestros muertos?

Dicho esto y desechando sin ambajes el chovinismo mortuorio, me parece ridícula la ponderación de la eficacia y el orden de los londinenses después del trágico suceso: un papanatismo que se asienta en el humillante sentimiento de inferioridad frente a todos que todavía nos aqueja. Porque lo que sucedió en Madrid tras aquellas explosiones fatídicas, fué en todo ejemplar: en el orden, la eficacia, el rigor, la contención, la entrega, la serenidad y la improvisada ayuda de los voluntarios que aún careciendo de conocimientos clínicos se pasaron horas estrechando una mano, prodigaando caricias y diciendo palabras de consuelo a los heridos y los moribundos. Algo tan necesario como las curas y los fármacos. Y mucho más caro porque no tiene precio. Nuestra gente es así.

No, este pueblo no tiene nada que envidiar, salvo unos políticos más maduros y más dignos de él, que no se distraigan cuando entrevén la ocasión de intercambiar unas cuchilladas con los del otro bando. Solo en ello nos mejoran.

Por eso necesitamos listas abiertas, partidos abiertos y, sobre todo, mentes abiertas.

Darío Vidal

15/07/05

 

       Muertos de primera (15/07/2005 06:17)