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Publicado: 10/07/2005


 

ENCICLOPEDIAS Y DICCIONARIOS


Las enciclopedias dan testimonio de la desorientación que nos posée. Y muestran también la ignorancia de que hacemos gala, una ignorancia complacida, impúdica y creciente que nos llevará a tener que buscar un día la voz huevo en la ge, o sea en güebo, por no hablar de la orientación y la extensión de los artículos. Tal vez, en lo que yo conozco, no se salve de este reproche más que la Enciclopedia Británica.

A veces algunos ocupamos las mansas tardes de domingo en ordenar la biblioteca, en revisar papeles y hacer limpieza y, cuando nos hastía esa tarea necesaria e ingrata, nos quedamos prendidos de un libro viejo que hojeamos en diagonal deteniéndonos en las notas que hicimos al margen, en un antiguo atlas que nos muestra los perfiles del Imperio Austro Húngaro, o en una manoseada enciclopedia que apenas manejamos porque lo que dice del átomo, la radiación o el sistema solar es ya más pintoresco que científico. Pero que explican lo no contado de la Batalla de Lepanto, el Tratado de Viena, Napoleón, Rasputín o las Termópilas, y eso las hace cien veces más útiles que las que ahora se editan con una abusiva e hipertrófica abundancia de grabados innecesarios y una desoladora carencia de información. Nada aparentemente es excesivo en la información, aunque pueda serlo el desorden o la desproporción arbitraria entre unas voces y otras, pero he visto una recientísima en que la dedicada a Grata Garbo menudeaba en fotogramas de sus películas -algo totalmente contingente-, en detrimento de un retrato, ese sí necesario, acompañados de un texto solo un poco menos extenso que el dedicado a la Guerra Mundial. ¿Quién inspira, quién dirige, quién coordina esas obras y con qué criterios?

En estas enciclopedias en las que han dejado de creer los mismos que las hacen deslumbrados por el hallazgo novedoso de Internet, estan desapareciendo o adelgazando todas las voces que se refieren al ámbito humanístico. Sin embargo, la sensata y armoniosa proporción de aquellas enciclopedias y la falta de recursos para jugar en casa los días de lluvia antes de que se inventasen las ''play stations'', nos llevó a los niños de la familia a jugar con ellas y ahora no recordamos aquellos como los peores momentos. Luego cuando adquirimos la costumbre de darles a los pequeños todo masticado, llegaron a salir incluso juegos de mesa inspirados en aquello que durante tiempo creímos invento nuestro sin reparar en lo que ello tenía de crucigrama.

Ya un poco mayores nos atrevimos con obras que no nos ofrecían ya el halago de los grabados como el Diccionario de la Academia o el Julio Casares. (''A ver ¿qué quiere decir el sustantivo avanzo?'' ''Quiere decir presupuesto'' ''¿Y aurgitano?'' ''Jienense, porque Jaén se llamaba Aurgi''. ''¡Bien! Ahora nos toca a nosotros. ¿Qué es mandilandinga?'' ''No lo sé''. ''Es un grupo de pícaros''. ''¡No se vale, eso es muy difícil, hay que hacer otra pregunta...!'') Y asi, burla burlando, fuímos aprendiendo muchas cosas aunque olvidamos bastantes, mientras nos hurtábamos al frio del invierno. También tuve la suerte por aquellos días de que un profesor que nos hacía leer fragmentos de La Ilíada -don Miguel Azara se llamaba- nos encargase redacciones sobre qué habíamos hecho el domingo por ejemplo, utilizando el léxico de Homero. Eran relatos un poco extraños pero ganamos vocabulario. Yo aconsejaría estos juegos a quienes tienen niños chicos porque, además, se divertirán como nunca.

Darío Vidal

10/07/05

 

       Enciclopedias y diccionarios (10/07/2005 23:55)