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Publicado: 16/06/2005


 

PALABRA DE MANUEL FRAGA


Mi admirado y divertido Paco Umbral se refería ayer en su columna a la fragancia manuelina de los sesenta que difunde el señor Fraga, más amigo que nunca de Dios y de Santiago que, según piensa, van a servirse concederle el quinto o el sexto mandato, que no recuerdo bien, sobre ''o povo galego''.

Ignoro si el Señor y el Apóstol están en ello, pero les puede poner en ridículo si Pérez Touriño o Anxo Quintana le arrabatan la victoria. Sobre todo porque a mi me consta que en las esferas celestiales no se han comprometido con él, al revés que hizo él conmigo. Algo que nunca me propuse contar, pero que hoy me da pie a hacerlo la anécdota de los Premios Nacionales de Literatura que nos cuenta.

Relata que un día se encontró con un poeta conocido tirándose en marcha del tranvía porque llegaba tarde a una cita con Fraga, quien había prometido darle el Premio Nacional de Literatura. Y que al llegar al café se tropezó con otro que salía corriendo porque tenía que verse con Fraga para tratar del Premio Nacional que iba a concederle. Y me ha recordado mi propia historia.

Iba a presentar ''Las Leyes'' en España y me puse en contacto con la Embajada en Londres para concertar una entrevista en exclusiva. Me dijeron después de pedir mis datos y verificarlos, que estuviera una hora antes en la librería y que preguntase por el señor Fulánez. Fuí para allí y encontre a un par de colegas paseando entre anaqueles distraidamente y marcándose desconfiados. ''Qué, ¿vienes a la presentación?'' ''Sí, ¿y tú?'' ''También. A ver que nos dice...'' Pero aquello fué solo el principio. Quince minutos después estaba toda la prensa con aspecto distraido y cara de no haber roto un plato lanzando miradas furtivas a la puerta de la dirección. Cuando apareció Fraga nos lazamos sobre él como halcones reclamando su compromiso. Nos había prometido la exclusiva a todos. Jamás me había sucedido cosa igual. Y me sentí como una doncella desflorada, seducida y abandonada. Supongo que a todos les sucedió lo mismo, pero yo me encaré con él y le dije respetuosamente cuanto creí que debía decirle. ''¡No se preocupen, no se preocupen que habrá para todos!'', dijo como si se tratase de repartir peladillas. Y se encerró con el representante de cierta revista prestigiosa mientras prometía: ''Cuando termine con este señor les reuniré y daré una conferencia de prensa''. Pero yo me largué de manera ostensible.

Opina Umbral que aquel año Fraga ''debió prometer el Premio Nacional a todos y cada uno de los poetas españoles, aunque me inclino más a creer que los presuntuosos eran ellos''. Pues bien, que no se incline, que no se incline que puede resbalarse. La palabra y Manuel Fraga nunca se llevaron bien. Y además es capaz de negar la evidencia con una impavidez desconcertante, dando voces y negando la posibilidad de réplica: ''¡¡Y no tengo más que decir!!''

Mas la cosa no acaba aquí. Cuando instituyó el Premio Fraga Iribarne de periodismo, ya no recuerdo por qué año andaríamos, cometí la ingenuidad de concurrir con unos artículos que estaban teniendo excelente acogida -en nada concernientes a él- pese a saber cómo se suelen otorgar galardones. Y no me ocupé de más. Una noche sonó el teléfono no más llegar a casa y una voz no desconocida me dijo alborozada: ''¡Enhorabuena, Darío, acabas de ganar el Premio Fraga!'' Me dió un vuelco el corazón: medio millón de pesetas era lo nunca visto. ''¿Estás seguro?¿Cómo lo sabes?'' ''¡Coño, porque acabo de firmar el acta y soy el secretario!''. Era Horacio Sáenz Guerrero, luego director de ''La Vanguardia'', que estaba más feliz que yo.

A los dos días apareció por fin la noticia en los periódicos. Decía: ''Carlos Sentís Anfrúns, Premio de Periodismo Fraga Iribarne''. Me quedé estupefacto. No daba crédito a lo que leía. Carlos Sentís era el muñidor de la naciente Alianza Popular en Cataluña y estaba emparentado con la opulenta familia Casablancas. Los miembros del jurado habían creído a Fraga y se equivocaron. El no estaba dispuesto a malversar su dinero sino a invertirlo. Pero a cierta edad esas cosas hacen daño.

No han sabido esta historia más que cinco personas, una de las cuales ha muerto no hace mucho. Nunca quise divulgarla porque no es cuestión de exhibir las miserias ajenas y menos de airear los íntimos fracasos. Es, pueden creerme, la primera vez que la cuento.

Darío Vidal

16/06/05

 

       Palabra de Manuel Fraga (16/06/2005 23:55)