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Publicado: 15/06/2005


 

HOMENAJE A JAIME CAMPMANY


El trece de agosto de 1995, la víspera de su partida al Lago Maggiore para encontrarse una vez más con el profesor Ochipinti, escribí en una columna de ''ABC'' este desenfadado homenaje parodiando sus artículos romanceados.

Permítan que rememore aquel ''Romancillo de Don Jaime''.


Ya han llegado las calores con el reseco y la basca; ya vienen las vacaciones y se nos irá de traca, a practicar el toscano, Jaime Campmañ de la Estaca.

Pedirle hemos los batuecos que éste a Italia no se vaya, que va siendo ''aestas terríbilis'' y que aquí nos hace falta. Estamos dispuestos todos a decirle cuanto halaga, adalid de la Española aun sin discurso de entrada: que aunque quieran silenciarle usted ya es grande de España.

Ojillos de eslavo astuto, bigote de mucha guasa, noble cabeza amueblada como dicen que Dios manda; azote de filisteos y ruines de toda laya; bizarro hombrón que en panocho españolea en España, mientras la grey bien pagada hurta a San Martín la capa y consiente en consentir si el ''sí'' merece la paga. Hacedor de diccionarios fustigando la mohatra, y desfacedor de agravios con el tártago y la chanza. Jinete con más redaños que de Espartero la jaca -que era jaco aunque Natura a la consonante escapa-, no nos deje, por su madre que debió ser buena y santa, que nos dejaría así como al santo sin el anda. No ''se abra'' como Losantos, que el santo bien se está en casa, y cuando el santo se aleja, la vida se vuelve diabla. No vaque ni un mes ni un día que España está trasojada, y desmejora a la tropa que los mejores se vayan. Yo prometo si se queda este verano -¡no más!-, enviarle cada día las flores de mi jardín, la brisa del monte Aneto, y un vinico de postín que hacen en el Somontano, en Cariñena y Jaulín. Yo le llevaré, don Jaime, la Torre de San Martín, y un manto que regalaron a la Virgen en abril, para que Dios nos librase de José Marco por fin: que sé que también su pluma luchó en el otro confín por despeñar al intruso que no nos hizo tilín, porque fuera hacernos eso ponernos cuernos así como a Don Mendo pusiera Magdalena, aquella ruín que se inventó Muñoz Seca (¡Usted conoce el trajín!)

Si se nos va usted, don Jaime, de su alcor en ABC donde ventea corruptos y otea la mala fe de bellacos y malsines pues ve lo que nadie ve, yo le traeré cordericos de Monegros y Belsué, higos de Fraga y aceite y olivicas de Alcañiz, melocotón de Calanda y perniles de Teruel; aire de la Jacetania y agua del Cinca y el Riel. Le traeré a Dom Pero Alfonso, a Servet y a Luis Buñuel; a Avempace y Almoctádir, Ben Yusuf y Paternoy; a Cajál, Gracián y Luna, a Santangel y a Bonet, a Joaquín Costa y Molinos, a Goya y Martín Cortés. ¡No se nos vaya, don Jaime! No se nos vaya, rediez: que si se nos va nos deja con el mundo del revés.

Y formulado este ruego de manera abierta y clara, no tema que zurza ripios ni desbarajuste nada, ni perpetre más romances ni venda mi mudez cara, porque la romance rima a usted está encomendada. ''Tate, tate, folloncicos, de ninguno sea tocada, porque esta empresa, buen rey, para usté estaba guardada''

Que Dios lo haya.

Darío Vidal

15/06/05

 

       Homenaje a Jaime Campmany (15/06/2005 19:45)


 

LLANTO Y DUELO POR DON JAIME


Jamás pensé que pudiera dejarnos, como nunca creímos que nuestros padres pudieran morir, hasta que un día descubrimos perplejos y angustiados que aquellas columnas, aquellos cimientos inconmovibles que tanto nos amaron y a quienes tanto debíamos, eran de carne mortal, de pulpa efímera y caduca, de vida frágil y acabable. Y sufrimos con dolor no haberles dado más tiempo, cuando el tiempo ya ha acabado para ellos y también para nosotros.

Sucede que, cuando jóvenes, nos dispersamos en busca de no sé qué, como si la vida fuera eterna, sin dejarnos conmover por la ausencia y las distancias. Cuentan no más que el éxito, el dinero, el triunfo, el reconocimiento y la fama. Queremos, a los que queremos, con cierta distancia y con tiempo. Pero pasan los años y quedan las cicatrices y pervive el recuerdo mientras pasa la vida, y las sucesivas horfandades en que nos dejan nos agrupan y congregan en torno a los que aún van viviendo. Cada vez somos menos, y aunque los más próximos nos apretujamos para darnos calor hay otros seres admirados y queridos a los que no podemos acceder porque no hemos sido presentados, de modo que los conocemos pero nos desconocen y es imposible decirles cuánto significan para nosotros.

Otras veces la distancia física -que sigue existiendo pese a los aviones e Internet- nos veda cierta clase de comunicación distendida y casual. Por eso, cuando un ser del que éramos voraces libadores, se desengancha de la vida para flotar en el espacio infinito, sentimos algo parecido a la ira por esa interrumpida relación inconclusa. Tal es el caso de mi querido amigo e insustituíble maestro Jaime Campmany, de quien tantas cosas he malaprendido.

Tenía por enviarle un manuscrito titulado ''Rastro de mujer'', más el pudor, la cortedad y el respeto a su trabajo -puede que también la pereza-, lo han dejado aquí apartado para siempre en un sobre de burbuja, con su nombre y dirección bien escritos con un rotulador de esos que favorecen la letra.

Ha tenido que ser así. Tal vez no lo envié inconscientemente para ahorrarle un mal momento (''No te hagas ilusiones con esto, Darío, creeme. Pero vente a Madrid: las cosas están aquí''). Acaso quise evitarme la constatación de una evidencia incómoda y un juicio adverso que no temía tanto por su calidad cuanto por su oportunidad. De todos modos Jaime Campmany sabía hacer las cosas leves, como breves Gracián, y con el tuteo de las cartas habría resultado todo más fácil, pues ignoro por qué causa nos hablabamos de usted y nos tuteábamos por escrito (''Déjate de experimentos y dedícate al artículo, que es lo tuyo'')

En estas horas de vacío, recuerdo para consolarme las jornadas con Manolo Jiménez Quílez y él, escuchándoles hablar de lo humano y lo divino entre erudición y agudezas, con la misma delectación con que se asiste a un espectáculo y provecho comparable al que se obtiene asistiendo a las clases de los maestros. Yo pienso, por desbarrar un poco, cómo habrían sido aquellas peroratas inolvidables y cultas con unas gotas del respetuoso marxismo católico-romano del profesor Tierno Galván, acogedor de Papas en latín, y cuánto saber habríamos acumulado de haber grabado sus razones en una cinta magnética. Un lujo renacentista. Tal vez hubiese sido demasiado.

Darío Vidal

15/06/05

 

       Llanto y duelo por Don Jaime (15/06/2005 14:35)