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Publicado: 13/06/2005


 

ADIOS A JAIME CAMPMANY


Había leído su artículo ''Bombas contra palabras'' que casi coincidía en contenido y enunciado con uno que yo titulé ''Las granadas de la paz'' un par de días antes, y me enteré por la radio, de madrugada, que acababa de morir. Lo primero que he hecho esta mañana ha sido ir a por su periódico con la esperanza de leerlo por última vez y ahí estaba su artículo póstumo. ''El país en la calle'', se titulaba. Y se me ha hecho un nudo en la garganta consciente de que era la última de sus ''Escenas políticas'' y con ella nos despedíamos para siempre. Era el adiós de Jaime Campmany Díez de Revenga, abogado, licenciado en Filosofía pura, ensayista, novelista, periodista sobre todo y, según él, maestro y campeón de mus auxiliado en ocasiones por su hija Laura.

Nos vimos pocas veces pero nos escribimos mucho, y tengo sin él saberlo muchos archivadores con artículos suyos. Los más inteligentes, sagaces, sutiles, discretos, certeros e irónicos -también los mas bellos, elegantes y mejor escritos- de esta era con plétora y agobio de columnistas. Tenía la misma sencillez con que escribía, y una cortesía y finura de trato cada vez más raros, así es que casi siempre que iba a Madrid pasaba a verle y hablábamos un ratito de nuestras cosas, que eran las cosas grandes o chicas del vasto mundo. ''Cuando venga, no deje de verme''. Y yo aprovechaba esa generosidad para gozar egoístamente de su magisterio y de su charla.

Guardo en el recuerdo y no lo encuentro, un artículo hilarante y transido de humor en que se tomaba como centro de sus propias ironías después de una operación de próstata, narrando el alivio de aliviarse suficiente y relajadamente por gracia de la cirugía. Lo decía en aquella prosa tersa, culta, aparentemente tan fácil, llena de guiños y alusiones en que quién más sabía más leía, sin marginar ni desairar a quienes no pasaban de la primera lectura y la intención aparente. Porque el modo y la materia de Jaime Campmany saciaban, aunque cada cual tomara solo lo que le bastaba.

Cuando se publicó ''La mitad de una mariposa'' le escribí enseguida y cada vez que apareció otra novela de aquella trilogía ''morita y sin bautizar'' a la que no quiso titular Villa Luce, se reavivaba la comunicación epistolar. Cuando ''El abrazo del agua'' cerró el ciclo mediando ''El pecado de los dioses'', le dije: ''Sólo faltaba ésto para la Academia, maestro''. ''No se equivoque -me respondió-, mi tiempo ya ha pasado''. Sabía que aquí no perdonamos; que no desaprovechamos la ocasión de blandir la guadaña, porque el estridular de las cigarras no es un mantra de sosiego sino el graznido persistente de los cuervos que demandan carnuz. Y no contaron tanto los méritos, las publicaciones y la calidad de los miles de artículos que alumbró, como que hubiese sido director de ''Arriba'' en 1970 y 1971. Nos permitimos despilfarros que nadie se consiente.

Un día le dediqué un artículo romanceado en mi columna de ''ABC'' parodiando los que él escribía para la radio, y me dijo que lo guardaría en el mejor sitio del arca de sus vanidades. Pero aún así, nunca me atreví a pedirle un rincón para escribir. Hoy me siento desconsoladamente huérfano de su amistad y su magisterio. Y no puedo creer que razones vivas aún esta mañana, nacieron de un ser que ya está muerto. Y que una mente tan lúcida hace horas, ya no pueda alumbrar un pensamiento. Pasaré esta noche leyendo sus recortes. Esa también es una forma de oración.

Darío Vidal

13/06/05

 

       Adios a Jaime Campmany (13/06/2005 20:59)