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Publicado: 10/06/2005


 

LAS GRANADAS DE LA PAZ


Estamos dispuestos a negociar la paz, han dicho los de la banda terrorista por última vez, cuando la Audiencia Nacional comunicaba el procesamiento de su portavoz. Y en efecto ha suscrito su oferta lanzando hoy dos granadas contra el aeropuerto de Zaragoza. Dos bombazos a mediodía. No hay muestra más palmaria de su voluntad de acercamiento.

Negociar con ETA es metafísicamente imposible. Y lo es porque no lo desea; lo es porque si estuviera de acuerdo no podría, ya que es incapaz de garantizar el fin de las ''ekintzas'' de los grupos disidentes y de evitar que cien terroristas disconformes continuen por su cuenta el acoso del Estado. Y lo es porque, como razonó no hace mucho Arnaldo Otegi, la banda no puede aceptar la condición que le impone el Gobierno de entregar previamente las armas. ''¿Cómo va a hablar desarmada, hombre: con qué medida de presión contaría entonces? ¿Qué fuerza tendría para maniobrar?'' Y desde el punto de vista lógico, desde la perspectiva estrictamente estratégica, tenía razón.

Este razonamiento elemental nos lleva a la conclusión de que, además de indeseable, un pacto tan desigual es impracticable pués resulta suicida un acuerdo con criminales. La única salida es la derrota de los asesinos. No hay otro camino.

Parece evidente que los matones no quieren matar por ahora. Amagan para hacernos saber que pueden y que debemos agradecer su deferencia. Pero no hay motivo para el reconocimiento ni argumentos para abandonarse al síndrome de Estocolmo. Amenazan, presionan, intimidan y amedrentan advirtiendo de que se hallan en disposición de incinerarnos y hacernos harina. Y eso, amigos, es simple, pura y llanamente terrorismo. No matan porque no disponen de cuadrillas de repuesto – ''comandos'' dicen ellos- y en dos semanas perderían sus efectivos. Pero no porque reprueben o aborrezcan ya matar. Ellos desconocen la contrición. No sienten tampoco compasión por los que sufren, ni lástima de tantos cadáveres desnudos por las explosiones, mutilados por la metralla, quemados por la química o el fuego y desventrados por la onda expansiva que jalonan su historia criminal, algunos castigados con una agonía larga y horrorosa, y otros generosamente asesinados de un súbito disparo en la nuca que los desmadejó tras un leve estertor como blandos muñecos de trapo, dejando en la acera o en la pared de alguna casa la rúbrica de sesos y de sangre que huyeron con su último pensamiento.

Bravos chicos éstos, patriotas imitables, negociadores sagaces, generosos triunfadores, temibles ''gudaris'' capaces de pedir ayuda para empujar el coche averiado lleno de explosivos o para que les curen los mismos a quienes iban a matar; ejemplos de dignidad y de entereza que sólo piden piedad cuando los prende o sorprende la policía, arrojando de sí todas sus armas para mostrar su buena voluntad, antes de mojarse los pies.

Dos proyectiles de lanzagranadas en el aeropuerto de Zaragoza. Dos tubos desde una furgoneta. Sin víctimas, sin estragos, sin novedad. Sólo la precautoria paralización operativa durante unas horas con la aprensión consiguiente, las consiguientes molestias y la alarma en los hogares.

No, no queremos la paz impredecible del chantaje. Su paz es mendaz y es imposible. Queremos solo la paz de los Juzgados.

Darío Vidal

10/06/05

 

       Las granadas de la Paz (10/06/2005 18:24)