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Publicado: 09/06/2005


 

LOS TOROS


El otro día, un ''snob'' alardeaba por la radio de no saber el padrenuestro, aquella oración que en nuestra infancia se daba por tan sabida que cuando nos encarecían el aprendizaje de una cosa -las preposiciones, los ríos de España o los reyes godos- decían ''¡esto te lo tienes que saber como el padrenuestro!''. Pues ya ven: no lo sabía, el ''épateur''. Eso son chuminadas. En cambio a algunos les gustaría saber todos los salmos de la sinagoga y los rezos que desde lo alto del minarete vocéa el almuecín, y aún los mantras y las oraciones de otros cultos, porque las religiones son matrices radicales de cultura y veneros de sabiduría profunda. Pero este intelectual de ''rap'' y ''cómic'', muy puesto el tío en su época, afirmaba desconocer el padrenuestro. Bien hecho, qué coño, que para algo nos hallamos en la cumbre de la civilización: para ignorar lo que nos dé la gana. Pero, claro, que no quiera opinar luego.

Lo mismo diría de los Toros. Ha habido ilustres personajes enfrentados, con opiniones para todos los gustos, desde el taurófilo Ortega y Gasset hasta el taurófobo Eugenio Noel. De modo que no es una polémica reciente. Y está bien que así sea. Salvando las abismales diferencias, diría que es como las polémicas entre creyentes y descreídos. Pero cuando se quiere analizar algo pasándolo por el tamiz de la razón es elemental utilizar argumentos y no dejarse inflamar por los sentimientos, aunque ya sabemos que con frecuencia el corazón usurpa el lugar a la cabeza. Y lo peor es que, unos y otros, se arrojan a la cabeza los dicterios como piedras, sin someterlos a análisis ni plantearse su vigencia después de tantos siglos.

Tercio en ambos casos sin ninguna acrimonía porque no soy un devoto ni tampoco un taurófilo. Contemplo aquí el padrenuestro y las corridas desde una perspectiva puramente cultural. Pero es irritante oír hablar por boca de ganso a quienes se aferran a las pautas de siempre. Hace unas fechas, a propósito de la polémica resucitada contra los Toros por los separatistas de Carod Rovira -que antes despreciaron el flamenco como expresión de un pueblo ''inculto'' hasta que se entusiasmaron con él los japoneses y los americanos-, oí decir a un español que la Fiesta era poco menos que la explicación de nuestra Historia: la de un pueblo cruel que se reune en la Plaza con el único propósito de ver y hacer sufrir a un animal.

Que diga eso un turista australiano, un tailandés o un tibetano, puede explicarse. Pero que afirme tal cosa quien ha podido ver hasta qué punto irrita a los aficionados el padecimiento del animal, es inconcebible. Porque lo primero que debe exigirse a quien opina, es que desactive honestamente los prejuicios y se tome la molestia de informarse y pensar por sí mismo.

Sé que si hablo de los Toros como rito, danza, ceremonia o sacrificio; si me refiero al ''maestro'' como oficiante que se ofrece y a las suertes como un trance de iniciación o me remonto a Creta, Grecia, Teseo y el Laberinto, pueden tildarme de cínico o ridículo. Pero cuando menos no se atreverán a afirmar groseramente que el objeto de la Fiesta es gozar del sufrimiento. A los toros se va como a un concierto: a ver una obra de arte irrepetible, tan sutil que puede malograrla el hombre, la fiera, el frío, la brisa o unas voces destempladas en el tendido. Por eso son infrecuentes las buenas faenas y una corrida memorable. Y tampoco son manjar para ignorantes.

Darío Vidal

09/06/05

 

       Los Toros (09/06/2005 20:32)