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Publicado: 03/06/2005


 

LA ECUACIÓN QUE CURA EL CÁNCER


Anteayer escribía de la desconfianza que genera el delito -mucho más grave que el delito mismo- y argumentaba que no es bueno vivir instalado en la sospecha. Una cosa es no mostrarse demasiado crédulo, para preservarse de las bromas de los amigos, y otra muy distinta es andar con la cabeza sobre el hombro alimentando la prevención que nos conduce a la paranoia. Claro que eso, como todo, es cuestión de cordura, olfato y gradaciones. Recuerdo que, al llegar al Ejército, lo primero que nos dijeron a los acemileros es que teníamos que aprender a limpiarles los dientes a los mulos y a ponerlos firmes para cuando un superior pasase revista a la tropa. Aquella fué la primera lección de las muchas que aprendimos y nos la dieron los veteranos. Una lección inestimable de cautela, nada ociosa para andar por la vida.

Excuso decir que los pardillos más ingenuos fueron a pedir lecciones de odontología equina y se proveyeron de grandes cantidades de crema dentífrica aunque no lograban dar con el cepillo adecuado en tanto que los más avisados, los listillos, nos caíamos de risa por lo muy brutos que eran los demás. Bueno, pues nunca nadie limpió los dientes de un ''abrío'' como se dice en Aragón, pero a la mañana siguiente estábamos en el campo intentando ponere firmes a las caballerías. Ya lo creo. Así es que nadie pudo jartarse de su agudeza. Una provechosa lección de humildad.

Siempre he sentido un profundo respeto hacia quienes decían probar la inexistencia de Dios racionalmente, como por los que aducían argumentos para demostrar su existencia. Pero hoy mi humilde tolerancia no tiene ningún mérito. Todo es posible ya si conseguimos volver confiados a los recelosos haciéndoles inhalar hormonas, y un físico del aire que da clase de Matemática Aplicada de la Complutense consigue curar un cáncer hepático.

A mi modesto entender, la manera más llana de evitar el recelo hacia los demás es no sembrarlo, como hacen algunos (''¡no te fíes de nadie!''), pero si el mal está hecho ya como sospechábamos anteayer, lo conveniente es inhalar oxitocina, una hormona que produce el hipotálamo en lo más hondo de la corteza cerebral y que se sabía que estimulaba la secreción de leche en las lactantes pero no que nos hiciese más confiados como parece que está demostrando el equipo del profesor Ernst Fehr de la Universidad de Zurich, según el estudio que ha publicado ''Nature'', de manera que podría ser un tratamiendo adecuado para las fobias sociales y el autismo.

Este hallazgo, sin embargo, parece más humanamente entendible aunque nada comprendamos, que la mágica disolución, o resolución, o dilución, o desaparición de un tumor canceroso terminal de seis centímetros en el hígado de un paciente desahuciado. Y esto es lo que ha logrado el profesor de Matemáticas español Antonio Bru Espino, al frente de un equipo de médicos y biólogos al cabo de doce años de investigación. Tras el estudio matemático secuencial del desarrollo de los tumores sólidos, se propuso impedirlo elevando la producción de leucocitos neutrófilos entre las paredes de un tumor -siempre que sea sólido- y el órgano en que se aloja, dificultando que se nutra hasta lograr que se consuma. Y todo se inició con el planteamiento de una ecuación

Hemos llegado a un punto en que es posible creerlo todo.

Darío Vidal

03/06/05

 

       La ecuación que cura el cáncer (03/06/2005 19:04)