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Publicado: 01/06/2005


 

EL TUMOR DE LA SOSPECHA


Acabo de oir en un programa de radio un consejo demoledor, un consejo capaz de socavar la convivencia y hacer más tenebrosa la existencia. Un experto consejero de esos que lo saben casi todo, decía a propósito de Álvaro, el jóven paidófilo informático de los abusos a bebés, que desconfiemos de todos, y, en primer lugar, de la gente más amable, educada y servicial. Que sospechemos de quien esté dispuesto a hacernos un favor. Un consejo mucho más disolvente que el delito mismo.

No es que uno se haga la raya con agua bendita. Ya no. Conviene ser cauteloso y abrir bien los ojos porque los delincuentes no van disfrazados de ''malos''. Pero no se puede predicar la desconfianza porque bastante inhóspito hemos hecho a este Planeta. De momento esa repugnante historia ha alterado ya mi conducta, muy a pesar mío. A mi me encanta la fresca inteligencia de los críos, su candor, su ingenuidad y su franqueza. Y siempre que tengo ocasión, les pregunto, les pido opinión, les embromo, peleo, juego y les revuelvo el cabello, con lo que suelo hacerme buenos amigos porque les trato como a iguales, en tanto que ''los mayores'' pasan. Pues bien, ahora me contengo. Entiendo que mi comportamiento puede resultar sospechoso. ¡Que mierda!

He escrito muchas veces que lo peor del crímen no es la anécdota sino su huella; no es tanto el daño que hace el criminal sino la desconfianza que siembra en los demás, acaso para siempre.

No diré yo que se abandonen los niños a su suerte, desde luego. Pero no es razonable que un minúsculo puñado de tarados cambie la fisonomía de nuestro mundo, porque no tienen ni deben tener peso para ello. Supongo que siempre ha habido miserables; no somos peores. Pero antes se colgaba a los criminales y la gente siguía confiando en sus vecinos. No solicito la pena de muerte pero me adhiero a la petición de prisión de por vida, como ya sugieren muchos en vista de que, como dicen los criminólogos, éstos tipos no son reinsertables.

Cuando se habla de Democracia se abre siempre un falso debate entre Libertad y Seguridad, cuando una y otra se complementan en lugar de excluirse. No hay que plantearse la disyuntiva entre las dos. Una sociedad fundada en el albedrío de sus gentes debe permitirlo todo menos el crimen y la intrusión en la libertad ajena, porque ambos atentan contra la Libertad que es su fundamento. Por eso cuando se produce una agresión a estos principios, la Ley debe caer de manera ejemplar, fulminante y sin piedad sobre los corruptores de la convivencia. De otro modo, los delincuentes van haciéndose sitio solapadamente y terminan cercenando nuestra libertad no por el lado de la Ley sino por el miedo. En una Dictadura no se tiene libertad para salir por la noche tras el toque de queda, pero hay temporadas en la Democracia madrileña que no es posible aventurarse por la Gran Vía por temor a los atracadores. ¿Qué ganamos entonces con la Democracia entendida así? Únicamente los delincuentes se benefician de ella. La vida social, la existencia civilizada, la convivencia productiva con los otros es imposible sin el cumplimiento estricto de las normas. Lo que no puede predicarse es el recelo preventivo de todos contra todos. Una actitud que en última instancia demanda la pistola y aboca al ''hágalo usted mismo''. A la guerra preventiva de George Bush, vaya.

Darío Vidal

01/06/05

 

       El tumor de la sospecha (01/06/2005 16:13)