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Publicado: 24/05/2005


 

LA FUGA DE LAS ABEJAS


Mi último encuentro con una abeja fué en plena Plaza de San Jaime de Barcelona una mañana de los años setenta en que ETA acababa de asesinar a unos policías nacionales. Se había restringido la circulación de vehículos y llegué en un taxi. Al descender recibí una descarga eléctrica en una mano. La cogí con la otra instintivamente, me doblé y dí un grito.

Todos los policías apuntaron hacia mi. Unos debieron temer quizás un nuevo atentado, mientras otros debieron tomarlo por una burla o una tomadura de pelo. Pero el caso es que cuando me dirigí al Ayuntamiento, me miraban con recelo y aún con ira contenida. Al llegar a la puerta quiso saber uno: ''¿A dónde va usted?'' Y se lo dije. Estuvo hablando un momento por teléfono y, ya más relajado, me dijo: ''¡Pero qué le ha pasado, hombre!'' ''No lo sé -dije corrido y desconcertado señalando del codo a la mano- He sentido como una descarga eléctrica aquí. No sé qué ha sido''. Y mostré la mano enrojecida y crispada que comenzaba a hincharse. ''Eso parece una picadura'', -comentó- Al cabo de unas horas, el médico localizó el aguijón de una abeja que me dió incluso fiebre.

Hace solo unos días, cuando iba a recoger el coche en una población menor, un grupo de personas hablaba mirando un punto fijo. Mi coche estaba envuelto en un rumoroso enjambre de abejas que ametrallaban enloquecidas los cristales. ''¡Cuidado, cuidado, vuelva atrás!'' -me dijo alguien. Me quedé quieto y retrocedí cautelosamente. Algunas más audaces pasaban zumbando y hasta se posaban en la ropa. El parabrisas del vehículo contiguo estaba cubierto por una sustancia negra, oleosa e inestable: centenares, millares de insectos desazonados protegían a una reina veleidosa, voluble, o acaso destronada por Carod Rovira. Era una masa de dos o tres dedos de corazas bullentes, de vida palpitante y airada, de pequeños monstruos oscuros movedizos e inquietos con miles de negras agujas hipodérmicas cargadas de veneno, menos de un centímetro cúbico entre todas tal vez, pero bastante para matar seis veces a cada uno de nosotros.

Llamaron a la policía, la policía llamó a los bomberos, y los bomberos a un pacífico apicultor que inició una serie de operaciones mágicas que, con el concurso del humo, fueron dirigiéndolas a una colmena que tenía preparada.

Al comentar el suceso, me han informado de que ha desaparecido en un año el cuarenta por ciento de la población de los dos millones de colmenas existentes en España, que dificilmente se encuentran los cadáveres que podrían darnos pistas, y que abandonan los panales llenos de miel y de pólen, lo que resulta aún más inexplicable. El origen del fenómeno no se sabe si radica en una enfermedad somática -una viriasis o un envenenamiento-, o en un cambio súbito de conducta de origen exógeno, que desorienta a estos insectos, lo mismo que los rádares de gran potencia están privando de su preciado instinto a ciertos cetáceos como los delfines, que acuden en grupo hacia las playas para morir asfixiados sobre ellas.

Los expertos sospechan de ciertos insecticidas bien conocidos que pueden dejarnos no solo sin miel, sino también sin ciertos pájaros y sin muchas especies vegetales ya que el setenta por ciento de la fecundación de las plantas la efectúan estos animalitos. Voy a pedir a Dios que no aumente nuestra turbación y a Ruíz Mateos que evite la catástrofe. Porque para mí, qué quieren que les diga, es una venganza del Grupo de la Abeja contra el Gobierno socialista.

Darío Vidal

23/05/05

 

       La fuga de las abejas (24/05/2005 02:48)