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Publicado: 20/05/2005


 

MÁS GRAFFITIS DE BANKS


El cachondo de Robert Banks (30 años, Bristol) acaba de hacer víctima de un nuevo bromazo al estiradísimo Museo Británico de Londres como antes hizo con la Tate Gallery, el Metropolitan Museum de Nueva York y el Museo de Louvre de París. Conocido por sus espectaculares pintadas que se apresuran a borrar los servicios municipales sin concederles ningún valor, decidió vengarse de las autoridades hace ya tiempo poniéndolas en ridículo.

Su contestación a la sociedad, que adora sin ningún criterio expresiones que algunos adjetivan de artísticas, porque lo dicen los agentes y luego la crítica, consiste en poner en tela de juicio los límites entre arte y artesanía, y genialidad y bufonada. Ya lo han hecho otros, es cierto. Hace algún tiempo, un grupo de ''expertos'' caraduras se dedicó a vender grandes telas con los frenéticos brochazos de un chimpancé. Cuando la cosa se descubrió dijeron que se trataba únicamente de un experimento sociológico, aunque defendieron la belleza de los ''cuadros'' y el excepcional sentido del color y la composición que tenía el mono. Si no los pillan, los tíos se hacen de oro.

Si el Arte es pura libertad no es bueno encorsetarlo, pero habrá que restituir algunas pautas al ejercicio de la plástica porque probablemente es la disciplina más desmadrada de todas. Por ejemplo, un músico no puede avanzar sin el andador del solfeo, pero alguien se puede llamar pintor sin saber coger un lápiz, intuir la perspectiva, ni mezclar un color. Y no digamos de los ideadores de ''instalaciones'' que pueden montar un ''móvil'' o un recinto pretendidamente mágico con unos palos, un zapato y una silla. Hace unos años asistí a una divertida porfía por una provocación en el exámen de ingreso de la Facultad de Bellas Artes de Sant Jordi de Barcelona. Era el ejercicio libre en que los alumnos debían expresar su creatividad con toda libertad, y realmente aún no sé como podía clasificarse aquella obra, si como pintura, escultura o instalación. El caso es que la autora mostró al profesor sus pechos cubiertos de purpurina, con trazos azules y carmín, y una suerte de ''collage'' de lunas y estrellas suspendidas. El soporte no estaba mal porque nunca es desdeñable el pecho de una adolescente, y puede que la composición tampoco. Pero cuando el profesor objeto con flema que no podía aceptar aquella obra -que es lo que la niña quería- los amigos quisieron acusarlo de carca y pusilánime hasta que les convenció de que no podía cortarle las tetas, ponerles el sello de la Facultad, y archivarlas con el expediente como se hacía con todos los trabajos.

Pero la provocación de Robert Banks (''Banksy'') no es una frivolidad narcisista como la de la chica de la Facultad, sino una suerte de manifiesto sobre la burocratización del arte y el papanatismo de los que se tienen por cultos, siempre temerosos de haber perdido la onda y rendidos a la domesticación de la crítica, mientras que ciertos ''marchants'' cuelan humo de contrabando incluso hasta en los museos.

Esta vez ''Banksy'' ha colgado de la pared de la Sala 41º donde se exhibe el friso del Partenón un pedazo de piedra en que representa a un toro herido y una figura empujando un carrito. En la parte posterior ha escrito: ''Hombre primitivo camino del supermercado''. Y como nadie se daba cuenta del bromazo aún así, organizó por Internet un concurso del tipo La Busca del Tesoro. Las autoridades del Museo parece que están consternadas.

Darío Vidal

20/05/05

 

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